Los peculiares no estamos locos por Silvana Sandonato

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Los peculiares no estamos locos… es solo que nos cambia el hecho de que algo sea de una u otra manera. Algunos nos llaman quisquillosos. Otros nos llaman peor. Este post requiere paciencia. Por favor, ténganla.

“Todos nos sentimos únicos en cierta forma, con personalidades diferenciadas de los demás. ’Yo soy irrepetible’, dicen los presuntuosos; ‘Yo, un bicho raro’, replican los que están más bajos de autoestima”.

Carl Jung

Ayer le contaba a un amigo que soy muy fan de Los Simuladores y siempre me sentí muy identificada con el personaje de Mario Santos, salvo por la parte de su sobrenatural inteligencia y su esencia sibarita. El resto, lo particular, quisquilloso e intransigente pero bien (eso creo yo) es como mirarme al espejo. Para los que no saben de qué va la bocha, se trató de una serie de televisión argentina, tipo del año 2000, donde un grupo de personas se dedicaba a planear simulacros pagos para resolver problemas no contemplados por las vías formales establecidas en la ley. Hay un capítulo en el que unos mafias les piden una mano para algo medio chanta y Mario Santos rechaza el trabajo. Para obligarlo a cooperar le pegan un balazo en la pierna, lo raptan y lo tiran en uno de esos sucuchos típicos en los que esconden a la gente secuestrada. Entonces a Santos no le queda otra que cooperar, pero para eso tiene algunas exigencias. Los muebles laqueados del lugar le desagradan y lo desconcentran, prefiere algo de pino, o de ibirapitá, en tonos claros, de ser posible. Por otra parte, la luz cenital lo altera (en esto somos un solo corazón), quiere un velador y alguna lámpara de pie. Y como para él ya es hora de comer, y como tiene el paladar muy exquisito, quiere que le traigan unos gnocchi de espinacas con salsa de tomates, aceitunas negras y albahaca, sin cebolla (aunque yo no cambiaría nada por un buen olímpico) y bla bla bla. Al final, como trabaja mucho mejor escuchando música, y su formato favorito es el vinilo (como yogui), exige que le consigan “El Aprendiz de Hechicero” (también conocido como “Aprendiz de Brujo”) de Paul Dukas, preferentemente en una grabación de la Deutsche Grammophon (que es una discográfica alemana especializada en música clásica). Hoy me acordé de ese capítulo y me di cuenta que a mi amigo le había dicho mal, recordaba que Santos había exigido que le consiguieran Las Valquirias, de Wagner. Así que lo tuve que llamar y disculparme por semejante error. Yo nunca me acuerdo de nada, pero de lo que me acuerdo, me gusta recordarlo bien. Corté y me puse a escuchar. ¡Qué crá que es Santos!

Yo hubiese agregado tres exigencias más. Como me imagino que ese lugar debía oler mal o, por lo menos, a humedad, pediría un quemador con aceite de esencia de abeto (no hay nada como estar en un bosque de abetos, salvo olerlos), un poco de agua y una caja de fósforos. Además, me gustan los ambientes con alfombras, sobre todo las de lana. En tercer lugar, pediría canilla libre de té earl grey (en su defecto orange pekoe) con leche fría (la leche para el té siempre tiene que ser fría). Y haría un cambio en la música. Hubiese pedido el Bolero de Ravel. Coincidimos en que la Deutsche Grammophon es lo mejor que hay.

Pero esto de lo peculiar me entró a picar. ¿Por qué seré así? ¿Esto está bien? Me pareció interesante investigar por el lado de la psicología analítica y, por suerte, encontré la explicación. Según Carl Jung, psicólogo, psiquiatra y analista suizo, una de las cuatro funciones psicológicas es el sentimiento. La define como una función racional que confiere valor a ciertas relaciones y situaciones y que no debe confundirse con la emoción (que define como un sistema de energía instintiva). Las personas que pertenecen al “tipo sentimental” se caracterizan por establecer relaciones personales estrechas y por manifestar preferencias definidas. Si no comprendí mal creo que acá está la explicación a la cuestión. Puede haber dos actitudes del tipo sentimental, el extrovertido y el introvertido. El primero es medio soretongo. Este tipo psicológico calificará algo de “bello”, “bueno” o “amado” según convenga o no, llegando inclusive a enajenar su personalidad en aras de la adecuación, lo que genera esa actitud repugnante del simulador social. De aquí la relación con Los Simuladores, supongo. En el sentimental introvertido hay, por el contrario una desvinculación del objeto, un sentir realizado en la interioridad del ser, que da cierto aspecto de quietud, tranquilidad, y, aun, en ciertos casos, de indiferencia hacia la periferia. Mientras este sentir permanezca actuando desde el inconsciente, conserva una especie de aura de auténtico, de fascinante. Ojalá yo esté entre estos.

Y en relación a lo que supuestamente nos convoca acá, la música, Jung aporta que la reacción del individuo ante el sonido musical no está mediada por la conciencia. Él no puede dar cuenta del motivo último de su reacción. La música, de impacto y alcance inconsciente, pero estructurada como un lenguaje, se constituye ella misma en representación sonora evocadora de imágenes y afectos; ella moviliza y es signo de identificaciones sociales donde la palabra impresa en la melodía poco o nada importan. Que es más o menos lo que yo siempre digo: la música te gusta o no te gusta, no hay que buscarle la vuelta. No lo hagan.

Y lo peculiar en todo esto es que el mismísimo Jung es una de las tantas personalidades que aparecen en la icónica tapa del Sargent Pepper’s Lonely Hearts Club Band, ahí, arriba del todo y al lado de Edgar Allan Poe; y la verdad que no sé por qué, pero para concluir con toda esta demostración y explicación, y dejar de aburrirlos con los violines y los vientos, les voy a dejar una de mis favoritas del disco (que, por cierto, es bastante psicológica) que, lamentablemente, Carl nunca llegó a escuchar porque la quedó en 1961 mientras leía en el jardín de su casa una obra de Teilhard de Chardin: “El fenómeno humano”.​ En el instante de su fallecimiento, un rayo partió el árbol donde solía descansar. El jardinero lo reparó.

¿Vieron? Preferencias definidas, es decir, peculiares. No estaríamos locos. ¿No? ¡Larga vida a nosotros, los peculiares!

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