Discos encontrados X: FLORES DE EUROPA, de Los Lagos de Hinault

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 El verano pasa con una voracidad que lo iguala a las mejores fiestas, esas que ofrecen mesas repletas de comida y buena música y cuando salís al jardín en busca de un poco de fresco te tropezás con la idea de quedarte ahí para siempre. Es ese estado que llega todos los años y que se nos mete hasta donde lo dejes entrar. Es irresistible. Pero nos abandona en marzo, o tal vez en abril. Nos abandona. Pero de eso no quiero hablar ahora, porque es ley que nos vuelva a tragar el ritmo irresistible del cemento, del plástico, de los malos modales y que todo vuelva a esa naturaleza zombie que tan mal nos queda.

Este verano me la pasé buscando discos que se me pegaran como chicles. Discos viejos y discos nuevos. La hija de la lágrima del rey de Buenos Aires y el Antenas de Los Estelares, entre otros combustibles, se posicionaban entre los favoritos. Los escuché una y otra vez. Los dos son muy buenos discos de verano, de los que se escuchan todas las letras y el volumen al palo en el auto a ciento veinte y la ventana abierta. De los que funcionan. Pero no. No consiguieron llegar a ser el disco favorito. Y si será voraz y exigente el verano que tampoco pude conectar con uno de mis preferidos de los últimos años, el de El Mató a un Policía Motorizado, porque se me volvió un poco denso de más y no era lo mismo cantar los hermosos y trágicos versos de “Jenny/ algún día, Jenny/ todo lo que ves/ todo lo que ves será nuestro, nena”, con treinta grados y el sol encandilando. Esas canciones deberán esperar hasta marzo. O un poco más. Ahí sí que seguro vuelven a funcionar.

Pero hubo un disco. Sí. Mi disco del verano 2017. Es un disco perfecto, de pop perfecto, y por favor se pueden bajar en este momento aquellos que aún creen en el rock y en esas tonterías machistofélicas de los solos de guitarra y las estridencias tan necias, tan porfiadas. Dejen de leer y vayan a por otros caminos. De lo que aquí hablaré es de la historia de amor con un disco, de una atracción fatal por un cancionero que me recomendó Maxi hace un par de años cuando le pregunté por los mejores de ese año, que era creo el 2014. No dudó. En su lista había varios, pero recomendó uno en especial, de un grupo español con nombre bien adecuado del donosti sound: Los Lagos de Hinault. (Primer detalle: Hinault es una referencia ciclística, lo que sin escucharlos ya hablaba muy bien de estos españoles).

Lo descargué. Lo escuché. Y nada. Lo volví a intentar. Y poca cosa. Pero ahora, este verano, descubrí lo que pasaba en mis primeros intentos con Los Lagos de Hinault (se pronuncia “inol”). Me cayó la ficha. Si bien me hacían acordar a mis adorados Family (aunque Maxi se enoje con esta referencia que para mí es esencial, porque a él no le van las canciones de Un soplo al corazón, uno de los discos que me llevaría a una isla si me permiten cinco, y juro que no sé cuáles son los otros cuatro), y les encontraba aire a La Buena Vida (¡cómo duele que no haya nuevos discos de la mejor banda que San Sebastián le ha dado al mundo!), no me movían un pelo, no podía entrarle a ese disco de canciones pequeñas y que se me escurrían demasiado rápido. El problema es que los había querido escuchar en invierno. Y como había quemado el disco (todavía utilizo esa práctica arcaica de pasar lo digital a físico), y lo encontré a mediados de enero entre los que tenía perdidos en la gaveta del auto, le di una nueva oportunidad, entre Montevideo y Atlántida, que con los atascos de las horas picos y teniendo en claro que la duración de Flores de Europa es de 24 minutos, eso implicó por lo menos cinco o seis pasadas completas con el repeat atascado (nunca supe como destrabarlo, por suerte). Lo suficiente para enamorarse, para pegotearse con frases inciertas y disparadoras como “a este chico le falta un hervor” o “yo me enamoro solo en las bibliotecas”.

Una y otra vez se me fueron pegando cada una de las canciones de Los Lagos de Hinault. Florecieron. Se hicieron luz. Me acompañaron en esa práctica escapista de las mejores drogas. Hasta que descubrí que ese disco es una obra maestra del twee pop en nuestro idioma. Pero hay algo más que estado de ánimo especial, que una música en suspensión liviana propia del verano, de guitarras frágiles, de minimalismo más que adecuado. Y es que esas canciones me volvieron a reconciliar con el difícil arte de la escritura, de las letras, porque demuestran que la mayor parte de lo que escuchamos (hablo de las letras, del sentido de lo que consumimos a través de las voces de nuestros cantantes preferidos o no tanto) suelen ser sencillamente basura, o sobras, o palabras que entran en melodías aburridas. Como si los que cantan no leyeran libros, que es lo más seguro, y es lo que los inhabilita a pelear en las grandes ligas de cancionistas tan superiores como raros, como lo son Santiago Motorizado, Charly García, Moretti, Prodan, Eté, Cabrera, Zitarrosa y tantos otros, tan diferentes entre sí, pero todos capaces de hacerte estallar en un par de versos. Cada letra de cada canción de Los Lagos de Hinault, puedo asegurarlo, te vuela la cabeza.

No quiero extenderme mucho más. Tampoco explicar demasiado. Porque seguramente me haya vuelto loco con algo que para muchos sea tan banal, tan leve, tan idiota. Solo he de decir que las canciones de Flores de Europa duran un minuto y medio, a los sumo un poco más de dos minutos, pero en esa brevedad encierran cuentos perfecto y alguna que otra novela inconclusa. Tienen, además, humor del más fino, y suelen ser observaciones filosas que provocan esa distorsión tan necesaria si pensamos que están vistiendo canciones veraniegas y burbujeantes.

“Viajar no lleva a ningún sitio”/ es mi aforismo favorito./ Lo digo en reuniones sociales/ y parece que sé lo que digo./ “¿Ese es tu vaso o es el mío?”,/ pregunto como distraído/ y así me evito que me cuentes/ tus proyectos y tus viajecitos./ Quieres montar una empresa/ y hacer fuentes de interior./ Emprendedora de mierda./ ¡Qué hija de puta! ¡Qué horror!/ “Viajar no lleva a ningún sitio”,/ a veces hasta lo repito./ Lo digo en reuniones sociales/ y algunos se creen que soy el… típico cínico falso/ con miedo a ser natural./ Tal vez hayan acertado,/ pero por casualidad.

Es el disco que “encontré”, para mi sorpresa, este verano. Y cuando lo tenga que guardar (aunque para eso debo conseguir una edición física: ¡por favor, alguien que me envíe un regalo desde Expaña), tengo un lugar reservado entre el de Family y el último de los Belle and Sebastian. Y como acabo de enterarme que muy pronto publicarán un nuevo disco, es más que probable que Maxi ya tenga a uno de sus favoritos a mejor disco de este año… y yo tenga un candidato a escuchar en mis viajes del próximo verano.

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