Discos encontrados VIII: WAR, U2

u2 war

Tendría quince, tal vez dieciséis. Llegué a una fiesta en una casa, ese tipo de fiestas que suponen territorio libre de padres, madres, todo tipo de adultos molestos. A las que no se sabe cómo se llega ni cómo se saldrá. No estaba ninguno de mis amigos. No conocía a nadie. No tengo testigos a quien preguntar, ahora, treinta años después. De todos modos, es irrelevante saber algo más de lo que pasó esa noche. Lo único verdaderamente importante que sucedió no lo olvidaré jamás: había un flaco semi-punk (todos éramos todavía casi punks en el 84, todavía no habíamos visto a Los Estómagos y a Los Traidores, por lo menos en mi barrio) que tocaba una batería (bah, tocaba un redoblante, un bombo y un platillo, pero fue un momento importante porque se trató de la primera batería que pude ver de muy cerca), estaba congelado en un fragmento rítmico que repitió como un loop durante un tiempo extremadamente largo (casi toda la noche, o bien casi toda la noche de mi recuerdo), y ese fragmento era la introducción de “Sunday Bloody Sunday” (sí, la canción que estaba en el surco uno del lado uno del disco War, que quería comprarme y me faltaba todavía hacerme de algún que otro vuelto). Una y otra vez, el flaco entusiasta enganchaba esa intro para regocijo de un pequeño público que festejaba un talento único y sorprendente. El flaco sabía tocar la introducción de una de las canciones más guerreras de esa esquina del tiempo. Ese gesto, que hoy puedo entender precario e insoportable, rompía en mil pedazos una adolescencia signada por el jipismo de amigos guitarreros versionadores de escaleras al cielo, still loving you y canciones varias de Sui Generis. No fue el final de la infancia, pero estuvo cerca de serlo. Si había algo que detestaba de esas noches fogoneras, más allá de que los guitarreros fueran amigos del alma (el Negro Mario, entre ellos, el más genial de los guitarristas del Buceo de los ochenta, fan absoluto de Soda Stéreo), lo entendí totalmente cuando me topé, en esa fiesta brumosa, con el batero genial que podía transportarme a una canción que hasta entonces sentía inalcanzable. U2, como los Smiths, como los Cure, como Joy Division, como Depeche Mode, como Blondie o los Devo, eran los nuevos héroes, eran la nueva droga y había que tener nuevos manuales de traducción para hablar ese lenguaje. Eso me parecía a mí. Y no era el único. Pero eso tampoco importa. Lo que destrabó este momento en mi desmemoria fue un twitter que cayó ayer y bromeaba sobre que a la muerte de Bono (personaje que a la vuelta del tiempo ha cosechado una imagen reprobada por casi todos los melómanos, algo similar a lo que sufre Sting) ya vendrían unos cuantos a alabarlo y a decir de la genialidad de la época en que Brian Eno se encargó de reinventarlos y convertirlos en la banda más poderosa y cool del planeta, lo que fue apenas un instante, antes de que llegara el maldito grunge y antes de que ese mismo trono de intelectual progre se lo birlara Thom Yorke, ayudado por un frikismo único (en el caso de Radiohead) y por la abusiva e insoportable corrección política que adoptó Bono (debería dársele el premio a pionero de la corrección política). Pero bueno, el hecho es que me cayó la ficha y me puse a reescuchar War, el vinilo, el único que sobrevivió de U2 en mi colección, porque el Under the Blood Red Sky, el primero en vivo de U2, que me gusta aún más, alguien se lo llevó (debe haber sido Fabián, eso es seguro, pero como está en Zaragoza es al pedo preguntarle dónde mierda tiene ese álbum donde la canción del domingo rojo sangriento suena más peligrosa y me recuerda aún más al tiempo detenido y alucinado del flaco semi-punk tocando la intro, una y otra vez, una y otra vez).

El niño con el labio partido. Blanco y negro. War en rojo. Hacía poco de Malvinas. Respirábamos el final de una dictadura. El temor nuclear. Todo aquello tenía más que sentido.

When fact is fiction and TV is reality

And today the millions cry

We eat and drink while tomorrow they die

The real battle just begun

To claim the victory Jesus won

On a Sunday, bloody Sunday,

Sunday, bloody Sunday.

Todavía no sabíamos la verdadera historia del domingo sangriento. Pero esa canción contagiaba electricidad, llamaba a pelear por la paz, estaba bien lejos de la intrascendencia jipi. Y en esta noche no puedo dejar de relacionarla con Aleppo. Porque, como decía el poeta, la canción es la misma.

Hay otros grandes momentos en ese disco: “New Year’s Day”, sobre todo, otro himno.

Después sí, y por otros motivos que no tienen que ver con el rock político vuelto clisé, más bien por haberse creído el sueño americano, en discos más perfectos pero por ello menos interesantes, Bono y sus amigos fueron perdiendo la admiración total que se les tenía en el 84. Hasta que apareció Brian Eno, pero no quiero escribir de eso, ni adelantarme en el tiempo, porque Bono todavía sigue dando vueltas por el mundo (por haber firmado y cantado “Sunday Bloody Sunday” merece admiración eterna) y no tengo ganas de buscar ahora esas dos genialidades posmodernas que se llamaron Zooropa y Pop.

Me ganan la pereza y otros viajes musicales más seductores, aunque debo reconocer que volver a escuchar a los irlandeses me hizo buscar en Spotify dos bonus tracks imprescindibles: “I will follow” y “Gloria”, que están en los discos anteriores a War, el Boy y el October.

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