Discos encontrados VII: TEENAGER OF THE YEAR, Frank Black

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¿Qué debe tener el mejor disco de rock and roll de todos los tiempos? Explosiones rítmicas, cortes y quiebres inesperados, furia, una batería implacable, un llamado al descontrol sin mensajes aburridos, velocidad pero también bajadas emocionales, guitarras bien agudas y riffs que lo envuelvan todo, ganas de reir sarcásticamente, de burlarse de todo, ganas de gritar y desafinar. Hay más cosas: ese disco, para ser el mejor disco de rock de todos los tiempos, debe funcionar para escuchar a solas, a volumen brutal, y gritarlo hasta perderlo todo, hasta perder el sentido y quedar arruinado, sin una gota de energía, vacío, vacío de todo, liberado. Es un disco al que no podemos abandonar, aunque pasen los años. Muchos años. Debe ser nuestro disco, el único, el reservado para los momentos extremos, y recomiendo aprender a escucharlo en estado estático, porque de hecho el cuerpo y el corazón empiezan a decir basta a ciertas emociones más que fuertes, diría al borde, casi peligrosas, y puede producir una inesperada insatisfacción, que es innecesaria, porque además está demostrado que la dosis, cuando logramos la calma absoluta y nuestros sentidos están más aque alertas, logra un efecto mayor, y lo que provoca ese disco, el mejor, el más peligrosa, es una sonrisa casi permanente, un sentir inexplicable de gloria, de balancearse en la mejor banda sonora, la nuestra, la eterna, el disco de nuestra vida: ¡el mejor disco de rock and roll que escuchemos en nuestra puta vida!

Mi mejor disco no es el de los Sex Pistols, pero se le parece.

No es de Iggy Pop, ni de los Clash, ni de los Ramones, ni de tantísimas bandas que hicieron discos adorables y hermosos.

No es de Siniestro Total. Tampoco es de los Tita’s.

No es un disco exactamente raro. O sí. Porque es un disco perdedor, loser, y no tiene altura de clásico ni aparece en las listas de los que hacen listas. Comparto el gusto desmedido por ese disco con mi amigo Maxi. Un mediodía que estábamos haciendo radio, en Planeta Pop, nos descubrimos diciendo que era el disco que más nos gustaba, el mejor disco de los noventa, y fuimos más lejos, temerarios y provocadores, para colocarlo como el mejor disco de rock que se hubiera hecho jamás. Pasó algo que no esperábamos. Pusimos una canción tras otra, saltábamos, reíamos y nos colocamos en tal estado de exaltación y euforia que ya no tenía sentido decir absolutamente nada al micrófono.

“El mejor disco de rock and roll que se haya hecho”, dije, absolutamente afónico y con la cabeza hecha pedazos.

“El disco que hizo Frank Black cuando acabó con los Pixies”, dijo Maxi, un poco más tranquilo.

TEENAGER OF THE YEAR.

Ahora mismo lo estoy escuchando, y compruebo que con Maxi no nos equivocamos. Mientras tecleo y tecleo y tecleo en busca de la palabra justa, la que tarda demasiado en aparecer, cada canción estalla en fragmentos heroicos y melodías épicas que son capaces de hacerme erizar. Me gustan todas. Y son veintidós. A veces la que más me gusta es “Speedy Mary”. Otras veces es “Calistan”. Es el disco más enloquecido y demente que haya escuchado. Es también el más simple, el más nerd, el más vulgar y el más perfecto. No tiene una gota de trascendencia: es calma y furia, es una clase magistral de estallidos y pogos incontrolados. Es el rock en estado puro y juro que no aburre, porque cada diez o quince segundos Frank Black se va al carajo otra vez, cambia el rumbo, dobla, esquiva el lugar común y siempre llega a una nueva situación de abismo. Está loco. Ese tipo está loco.

No sé por qué me salta una frase de Andrés Calamaro. O sí lo sé, por la sencilla razón de que es uno de los mejores versos que se hayan escrito. No exagero. Es el que dice “dame un poco de tu amor/ yo a cambio te ofrezco una montaña de horror”. Es perfecto. Bueno, es lo que más se acerca a la experiencia de escuchar el Teenager of the Year… un disco que es una montaña de horror, una jodida y divertidísima montaña rusa de rock.

Es probable que todo lo que haya dicho antes funcione, para el que esté leyendo, en otros buenos discos de rock and roll. Ok. Entiendo razones, otras miradas, divergencias, subjetividades, emociones ajenas. Lo entiendo todo. Pero esto no quita que cuando cuando me preguntan por el mejor disco de rock and roll de todos los tiempos solo piense en TEENAGER OF THE YEAR.

Y bueno,

ahora mismo,

subo el volumen al máximo.

Otra vez.

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