Discos encontrados I : OKTUBRE, Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota

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No era pogo. No sabría cómo definirlo. Porque pogo es por definición un círculo de peligro, un circulo de polvo eléctrico al que hay que meterse para esperar los golpes, los empujones de los otros. Por lo menos así funcionaban los pogos punkies cuando éramos un puñado de pibes apretándonos contra el escenario y Los Estómagos empezaban a tocar “Hijos del Imperio” o “Torturador”. Del pogo se entra y se sale. Se entra y se sale. No duele. Tampoco es que se salga ileso. Pero cada vez que escuchábamos con los de la barra los primeros acordes de “Ji ji ji” teníamos bien claro que era otra cosa. Te juro que era otra cosa. Era correr, dar vueltas en círculo, jugar en los bordes, en trayectorias erráticas, la risa colgada en la cara. No importa si estábamos en una asamblea estudiantil, o en los días que ocupamos el edificio de la calle Libertador, o en la casa de Eduardo a la hora de la siesta y nos chocábamos contra las cosas, contra el piano. Esa canción era droga pura. Lo puedo asegurar y demostrar. Con el tiempo entendí que “Ji ji ji” es una canción de las que explotan en el cuerpo, de las que apenas empiezan a sonar se siente el peligro. No hay muchas canciones así. Si encontrás una, la tuya, cuidate. Es lo único que te puedo decir. Porque no queda otra que salir corriendo. No precisamente para escapar. Lo que se desea es ir hacia ellas, para chocarse de frente con la esencia misma de la lucidez. Y la lucidez asusta. Te hace añicos. Porque, en esencia, ya lo sabemos y lo sabíamos en esos años y se supo siempre, que el mundo es una reverenda mierda. “No lo soñé/ y se ofreció mejor que nunca/ No lo soñé/ ibas corriendo a la deriva/ No lo soñé/ los ojos ciegos bien abiertos”. Cantábamos, y gritábamos, con Eduardo, con los demás de la barra del IPA, con los que militábamos en el Topo, un grupo medio anarcoide. Los versos del Indio eran perfectos. Y fue en esa noche inolvidable, dando vueltas redondas, circulares, sin parar, afiebrados, dándonos contra todo, que nos dimos cuenta que no era pogo, que era otra cosa. Los Redonditos estabana en el escenario y cantaban una atrás de otra todas las canciones de Oktubre. Nos sabíamos el disco de memoria. El rojo y negro. Se convirtió en el favorito de la barra de amigos. Se venía OKTUBRE. Queríamos que llegara OKTUBRE, porque nos sabíamos atrapados en nuestra libertad. El rock como todo llanto. Buscábamos a la más hermosa niña del mundo, y sabíamos que ella era música para pastillas, que estaba muy Shanghai. Todas esas cosas querían decir que la mejor canción de todas siempre llegaría, puntual, al final de cada noche, para asustar a los rockeros educaditos. “Ji ji ji”. La gran bestia pop. Roja y negra. Porque ella tiene una forma de hacerme creer que es para mí la mejor manzana/ con ella soy rico gratis/ y rasco la alfombra por su amor.

No es fácil seguir escribiendo, pero lo haré.

La idea es hacer un viaje por esos discos que siempre volvemos a escuchar y tienen que ver con amigos, con cosas que pasaron y se mezclan en la memoria más o menos hecha mierda.

La rockola empezó a girar por OKTUBRE. No hay una razón. O sí. Se trata de “Ji Ji Ji”.

Hace un montón de años que no veo a Eduardo. Sé que vive por el Cordón y que la pelea, como todos, para sobrevivir. La vida nos encontró en el IPA, en las asambleas, en las ocupaciones estudiantiles y en los discos de los Redonditos. Pero simplificarlo todo en esas tres cosas es injusto. Era el mejor pianista del mundo. Fue el camarero de “Cervezas y navajas”. Estaba loco. Todos estábamos locos. Y yo le entendía la sonrisa, y las ganas de romperlo todo.

Ahora mismo, apenas pongo la púa sobre el primer surco de OKTUBRE y el Indio larga a cantar “De regreso a Oktubre”, la vibración del vinilo me coloca ahí, caminando otra vez esas calles de Montevideo que todavía olían a mierda militar, allá por el año 1988.

No era pogo. Era OKTUBRE.

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