Discos encontrados IV: AMOR AMARILLO, Gustavo Cerati

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El verano del 94 tuvo un no sé qué de verano del amor. Nos habían echado de la casa tomada de la calle Paullier y después de patear por todas las calles o si alguien conseguía un auto para ponerlo a más de cien por la rambla, siempre se terminaba en el club Amarillo. Tenía algo de ilusión óptica. De salir del punk a cierta luz posindustrial, posmoderna, posbolchevique. No era fácil. En realidad estaba todo mal, cada vez peor, pero la electrónica y el bricolaje permitían sacudir un rock que se había muerto, que no decía nada interesante y el grunge tampoco servía para nada: sabía a posjipi más o menos trasnochado y absurdo.

Había llegado el disco compacto, el trip hop, el acid house, los Beastie Boys, EMF. Había visto en el cine “Perros de la calle” y se venía “Pulp Fiction”. Había leido “American Psycho” de Easton Ellis y la primera de Fuguet. Había, además, una barra de amigas del barrio que tenían menos de veinte, que no habían terminado el liceo y aparecieron con ganas de probar todo.

Todas esas cosas, y alguna más, fueron definiendo un intenso y muy montevideano verano del amor. Porque no había la mínima chance de ir al este. Estaba sin trabajo, en el seguro de paro después del cierre del diario. De lo que sí estoy seguro es que sabía poco, o muy poco, del amor. Por suerte nunca se termina de aprender y los tropezones de esos tiempos venían siendo bastante duros. Y llegó ese disco, que le puso banda sonora a todo, que acabó con toda la trascendencia de El amor después del amor y con la insufrible canción pelotuda que decía El amor es más fuerte. El amor siempre fue una pastilla que deja resaca.

El disco me lo regaló una de mis amigas de ese verano. Ella sabía que lo deseaba, que yo quería saber en qué se había metido Cerati después de Dynamo y de Colores Santos, el que hizo con Melero. Lo dejó en la puerta del apartamento, con una carta tan honesta como desafortunada en la que daba a entender que era la despedida de algo que nunca había sido. Descubrí la carta-regalo cuando llegué a las siete de la mañana. Ya había amanecido. Había otro sol en el piso, iluminándolo todo. Había AMOR AMARILLO. Esa mañana no dormí. Lo escuché varias veces, esas guitarras, esa electrónica brumosa, ese aire de playa, de hipnosis, esa sicodelia artaudiana (de Spinetta, se sabe). Era mejor que todo lo que había hecho con Soda Stéreo. Era un disco de esos que no te sueltan. Es un licor. Es un licor. Se te mete adentro. Como el amor. Amarillo. Amar y yo.

Te llevo para que me lleves se volvió una de mis frases preferidas. Un verbo propio. Un paradigma.

Después, mucho después, supe que Cerati lo grabó en Santiago de Chile, en casa de Cecilia Amenábar, embarazada de Benito, primer hijo de ambos; dos años después vendría Lisa. Armó un estudio en el living. Tocó todos los instrumentos. Lo ayudó Tweety González con las programaciones. Cecilia hizo algún coro. Zeta puso el bajo en la canción “Amor amarillo”. El magnífico arte de portada es de Alejandro Ros e incluye el plástico color ámbar. El sello no aceptó el librillo de 40 páginas con distintos tonos de amarillos y ninguna letra ni gráfica. No fue un éxito; más bien todo lo contrario. No lo tocó en vivo. Todavía quedaba un disco de Soda, el alucinado Sueño Stéreo.

Es el disco indie de Cerati.

Es el disco que mejor sobrevive de todos los que hizo.

Es el mejor disco de amor que conozco.

De amor peligroso. De amor y fertilidad. De amor y verano.

El librillo amarillo lo tengo autografiado por Cerati. Eso fue en 1999, unos días antes del nacimiento de Julieta, mi segunda hija. En estos días y noches de 2016, veintidos años después de escucharlo por primera vez, no resistí la tentación de regalarme la edición en vinilo. Dos discos amarillos, cada uno a 45 revoluciones por minuto. Lo escucho y sé que suena como la primera vez. Lo escucho mientras Paty duerme con el pequeño Bruno en la pieza y me voy acordando de algunas otras cosas que sucedieron en el verano del 94. Lo escucho cuando las horas bajan.

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