Discos encontrados III: SEVENTEEN SECONDS, The Cure

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¿De dónde viene la música de los Cure? Porque no viene de los Beatles ni de los Stones, ni de Bowie, ni de la Velvet, ni de Pink Floyd, ni de los Ramones. Nos pasamos horas buscando una respuesta a esa pregunta, con Paty y unos amigos, a la salida del show que dieron en Buenos Aires en abril de 2013. No fue posible enganchar un mapa de referencias que expliquen la existencia de “A forest”, por ejemplo, de ese minimalismo, de esa austeridad, de esa densidad que paradójicamente suena luminosa aunque Robert Smith diga, y le queda siempre tan bien, In the dark. Tampoco hay referencias sobre esa maravilla pop que es “Boys don’t cry”. Pero no voy a referirme en este texto a ninguna otra canción de los Cure que no sea “A forest”, en sus dos versiones, la del disco SEVENTEEN SECONDS y la del disco en vivo, el de la tapa negra.

Si debo ensayar una respuesta, apurada, debo remitirme a la repetición, a la repetición, a la repetición, al golpe de batería repetido, al bajo golpeando en el mismo sitio, a la guitarra rasgueando cuerdas graves, a un synth-pop sin máquinas, a la esencia del post punk. ¿Relectura pop del kraut alemán? Posiblemente ahí esté parte de la respuesta. Pero no termina de conformarme. Porque again, and again and again and again and again siempre metidos en la introversión más seductora. Sin posibilidad, ni necesidad, de salir. Y estar, pese a todo, tranquilo, lúcido, en un viaje muy satisfactorio del que no se quiere salir.

“A forest” es un bosque. Es un viaje en el bosque. Es la sensación de estar perdido en el bosque y no sentir miedo ni angustia. En la oscuridad está todo bien; se está a salvo de tantas cosas. Es un refugio. Y es posible que haya sido así, porque esa noche, en Graffiti, no sé si tocaban Los Traidores o Los Estómagos, no había mucha gente, subí a uno de los cuartos, estaba muy oscuro, in the dark, sonaba esa canción y una chica bailaba, vestida de riguroso negro, maquillaje, pelos punk, botas militares negras, bailaba sola, la miré un rato, el tiempo que duró la canción, hasta que me vio y me fui, avergonzado de mirar su baile, de robarle ese momento. Ella estaba jugando sola. Bajé. Al rato volví a subir. Busqué por todos los rincones de la casa. No la volví a ver.

The girl was never there / It’s always the same / I’m running towards nothing / Again and again and again and again

 

“A forest” me enseñó que se podía bailar solo; bailar el baile introvertido, bailar en la oscuridad. Me enseñó que se podía hacer otra cosa en los deprimentes bailes del pueblo, esos que funcionaban con las chicas sentadas en sillas y los chicos dando vueltas, donde había que poner el gesto impostado y había que ser un gallo de pelea buscando su presa. Así era el ritual de los bailes que odiábamos. Se podía bailar solo. Se podía bailar con un amigo, si se me antojaba, desafiar la regla chico-chica, y así fue una noche que fuimos con Ramiro, Alejandro y algunos más a bailar al Náutico. Bailamos entre nosotros, en grupo, sin importar nada, esas canciones tan lindas de los Clash, de los B’52s, de los Devo, de Blondie. Nos miraban raro y eso nos divertía. El deejay no puso esa noche mi canción favorita de los Cure. Debería tener miedo a que la pista se vacíe. Siempre detesté la cobardía de los deejay.

“A forest”, la versión en vivo, es única. Es la banda sonora de la noche que conocí a la chica que me enseñó a bailar en la oscuridad. Pero en soledad, en casa, en momentos que se necesita desconectarse de todo, o más bien limpiarse de todo, prefiero la versión del SEVENTEEN SECONDS, el disco más silencioso y etéreo de los Cure, un disco de pequeñas variaciones, sin mayores sobresaltos, de melodías a baja altura y repeticiones, repeticiones y repeticiones. Y cuando empieza “A forest” y estoy seguro que nadie va a entrar al cuarto, que nadie puede interrumpirme, bailo solo. Porque es una canción para bailar en soledad, con los ojos cerrados, con movimientos leves y mucho maquillaje y las manos sobre el rostro, sin rozarlo.

En el recital en Buenos Aires, cuando sonó “A forest”, nos apretamos las manos con Paty, porque sabemos los dos que esa canción es muy fuerte y porque tuve muy claro -en ese momento- que era ella la chica que bailaba sola. No podía ser otra. Y luego vino la pregunta de Jorge, sobre el misterio de la procedencia de la música de los Cure.

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