Teoría sobre el rock y otros libros de amor por Gabriel Peveroni

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Adrián Dárgelos tiene muchas cosas claras, en especial la sentencia “el camino a la fama / no significa nada”. Es un gran lector y un gran conversador, además de uno de los cantantes de rock que mejor manejan la seducción, siempre al borde del pudor y de la vergüenza. Lo sabe hacer como pocos. Y en “Impuesto de fe” llega al extremo, disociándose de la banda, haciendo un formidable y extraño show –que es disco, que es dvd, que es también contenido de Youtube y tantas otras cosas que permite la “multiplataforma”– en el que un cantante se entrega a una performance descarada mientras una banda de egomaníacos encuentra las mejores sonoridades para canciones que dejan explícito un glam rabioso y siempre melódico.

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 Sesión treinta y tres: “Impuesto de fe” (Babasónicos).

(La escena transcurre una semana antes del show “Impuesto de fe”, en Montevideo, después de una entrevista en Radio Sarandí, en el programa que conduce Gustavo Fernández Insúa)

 –Qué suerte que pudiste ir.

–No podía faltar.

 –¿Cómo te fue?

–Excelente. La pasé muy bien.

 –Escuché toda la entrevista que le hicieron a Adrián Dárgelos en la radio… Estuvo buena, pero te noté un poco callado de más. Como que no te animabas a preguntar nada.

–Por suerte estaba con Insúa, que a él nunca le faltan preguntas… Pero es verdad. Me pasó eso. Era una de esas noches en las que te ponés a dudar de todo lo que pensás y no te sale una palabra. Y me pasa, con Babasónicos, que siento que es una banda que me remite a sensaciones y no a conceptos. No me siento capaz de definir ideas sobre sus propósitos musicales. Es eso. Es la imposibilidad de explicar, con palabras, situaciones que son esencialmente performáticas, efímeras, como la experiencia de escuchar Babasónicos.

 –Sin embargo…

–Sin embargo, ¿qué?

 –Que me puse a revisar tus archivos y encontré que le habías hecho varias entrevistas a Dárgelos. Muy largas. Y muy conceptuales. Es contradictorio con lo que acabás de decir.

–Puede ser. ¡Estaba solo y tenía que encarar! También se suma el hecho de que en esas entrevistas sucedió algo que pocas veces ocurre: advertir que el entrevistado maneja un nivel de lenguaje complejo, difícil de seguir, y que al hacer la desgrabación encontrás que todo cierra, que el nivel de pensamiento es altísimo, brillante, luminoso, y que tu posición apenas fue la de testigo, la de estar ahí. Tengo gran admiración por Dárgelos. Tiene eso que solo tienen los grandes, y él lo sabe. Y tiene además la impunidad del rock, de lo callejero, de lo antiacadémico, lo que hace que un discurso intuitivo y súper complejo como el suyo admita la construcción de teorías y conceptos originales y particularmente sólidos. ¡Es tremendo!

 –Te deja callado…

–Y sí. Y es lo que provoca, en otros contextos, con las canciones, y sobre todo en el escenario. El público se lo queda mirando, a él, como se mira a un Elvis. Es la antiestrella, pero provoca como los grandes. Como Prince. Como Bowie. Como Mercury. Y, en definitiva, es lo que ha hecho que construya, con sus amigos, la banda más poderosa y genial en nuestro idioma. Y no me tiemblan los dedos al escribir esto. Nada. Y me alegra que lo haya hecho alguien que se define escritor y, antes que nada, lector. Demuestra que el conocimiento es parte esencial cuando se trata de hacer algo que esté más allá del talento o de la imitación. ¿O acaso, en el campo del rock, no se da algo similar en casos como los de David Bowie, o el de Charly García, si no nos queremos ir muy lejos?

–¡Charly! Tendríamos que elegir un disco de Charly para conversar… ahora que se están empezando a reeditar en vinilo.

–Me gustaría hacer La hija de la lágrima y Say no more. Esa época. Lo anoto. ¿Escuchamos el nuevo disco de los Babasónicos?

 –Mmmm. ¿Te soy sincera? Prefiero repasar las entrevistas que le hiciste a Dárgelos, que de algún modo van dialogando con las canciones del disco…

–Me gusta. Sería algo así como hacer un remix de entrevistas para tratar de explicar un recopilatorio en estado acústico…

 –“Tan freak y tan popular” es el título de la primera entrevista. Año 2002. Es larga. Publicada en la revista Zona de Obras. En la entradilla decís que “el pecado original de practicar el sincretismo, de vestir un rock deforme con guiños de bossa nova, rap y hasta bolero, los ha llevado a ser una banda a contramano de la construcción epigonal del rock argentino de masas de los noventa”.

–Sí, es pos Jessico. En esa época laburábamos juntos, con Insúa, en una revista, a tiempo completo. Plena crisis de 2002. Bajábamos mp3 por Napster y quemábamos discos para escuchar en un huevito que sonaba a lata. Y comíamos una milanesa al pan al mediodía que vendía un flaco al que le decíamos Palermo. Ese disco lo escuchamos todos los días. Una época rara, signada por el atentado a las Torres Gemelas de Nueva York, los saqueos en Argentina, lo que implicaba cierta pérdida de la inocencia, la derrota del mundo esnob y frívolo de los noventa, el fin de la modernidad y de la posmodernidad. El fin de Fukuyama. Una época intensa, en la que el rock dejaba definitivamente de tener sentido. Esa es una de las razones del asalto del retro. Y por ahí andaba lo de Babasónicos. Empezaban a cruzar el glam con intromisiones de bolero, ese sonido mexicano que ya habían probado en “Viva Satana” y “Desfachatados”. El disco Miami empezaba a tener sentido. Dárgelos, intuitivamente, facturaba uno de esos discos geniales. Jessico. Un punto de inflexión. Una maravilla. Lo escuchábamos todos los días, entre otras cosas más o menos marginales… el Maldito Raphael, el Bueninvento de Julieta.

 –Uy, uy, uy. Siento que activé algo. La memoria. Tu memoria. Mejor pasemos al archivo, a lo que decía Dárgelos en esa entrevista.

***

 ADRIÁN DÁRGELOS: Jessico es una criatura y es también un lugar. Para Jessico elegimos un par de atmósferas que no habíamos tratado antes. Especialmente que todos los personajes que componen el disco llevan una vida al límite, se equivocan, entran al camino del mal, pero no reparan, no tienen moral, no tienen una conducta reflexiva que les diga “me equivoqué y entonces hago lo contrario”. Estos personajes se equivocan, van al límite pero vuelven a hacer lo mismo, porque no pueden volver atrás. Son personajes que permanentemente han sido transformados por el error, pero vuelven a cometerlo. Son personajes que obviamente están exagerados, que tienen una vida rayana en la frontera, porque están siempre en ese límite del que no pueden escapar. Todo eso es parte de una actitud que tiene el disco, en su totalidad, que es la de no colaborar. Jessico no quiere colaborar con la construcción de un sistema sociocultural que no favorece a nadie y que solo favorece en cierta forma a intereses mezquinos del capital y a la clase política entregadora. Ante esa actitud, cuando nosotros hicimos el disco, quisimos que reflejara que estábamos perdiendo todo, porque ya se veía cómo el ALCA y todas las presiones de los países más fuertes iban en camino para que los países sudamericanos sean a futuro una nueva Taiwán. O sea, productores a bajo costo. En ese aspecto, lo que se plantea Jessico es no colaborar: váyanse a cagar, porque vamos a vivir en el margen de la legalidad y de los gustos de esta cultura.

 ***

–Tenías razón en que estaba bueno releer lo que decía Dárgelos hace quince años. Me acuerdo de que había una parte en la que mencionaba el concepto de ciencia ficción como exageración de lo real, y también que en otro momento, cuando le mencioné un evidente aire retro en canciones como “El loco” o “Rubí”, explicó que no era esa exactamente la intención, que había un matiz.

 –Exactamente. Dice, textual: “No somos retro, porque la música que hacemos no podría haber sido hecha antes”…

- Clarísimo. Me tapó la boca. Ya te dije que es difícil hablar con él. Ahí entendí que lo mejor es ir a tientas, formular posibles errores, para que la conversación fluya y se vaya de los carriles habituales. Un detalle: la entrevista fue en una escalera del Radisson. De parado.

***

ADRIÁN DÁRGELOS: Lenny Kravitz sí es retro. Porque él usa elementos compositivos y sonoros del pasado para hacer canciones de inspiración actual y moderna. Los Strokes también son retro. Ellos están haciendo new wave cuando eso estaba hecho en los mismos parámetros por Television, Magazine o Wire… Lo que tiene Babasónicos es una memoria del desarrollo de los 50 años de rock y del último siglo en lo que se refiere a música popular. Podemos tener guiños y citas del gran mercado de lo popular, pero más que nada están para darle ambiente o más vuelo a la obra. No tenemos una intención decididamente retro. Es más, nos vestimos como nadie se vistió antes. Y nuestros discos tampoco suenan a pasado. Utilizamos una combinación de sonidos. Podemos usar tecnologías de grabación antiguas con las más nuevas, pero lo hacemos para explotar cierta calidad de sonido que se ha perdido o ciertas tendencias diferentes a las que el mainstream pone como actuales, que son las que compiten en el terreno de la producción comercial y son los parámetros que sigue el mercado. Estar en ese juego está bien, pero tenés que tener el dinero para seguirlo, y es más que evidente que ese tipo de producción discográfica no es para Sudamérica. Por eso es que tenemos que probar en otros territorios. Para hacer un rock creativo en Sudamérica hay que explotar principalmente la particularidad de que venimos de un lugar excéntrico, de que tenemos una cultura más abarcativa, te diría que espectadora de muchos buenos momentos. Y es a partir de eso que podés darle otra resolución, que podés componer para esta época… Soy fan de Los Iracundos, como también de Los Shakers y de casi todo el pre beat y la música popular que fue anterior al beat y al rock latino. Tampoco olvidemos que el rock en Latinoamérica es rioplatense, y que su historia empieza a partir de Los Shakers y Los Gatos. Ahí empieza el rock, pero también me fascinan los grupos anteriores, Los Pasteles Verdes y Los Iracundos, que eran la música popular inmediatamente anterior al rock en el Río de la Plata. La incorporación de este tipo de ritmos, en vez de retro, tiene que ver en nuestro caso por una forma de desprejuicio, de hacer lo que a todos los demás les da vergüenza e incorporarlo como propio porque, en definitiva, pertenece a lo que hemos escuchado, a nuestra identidad. ¿Cómo no vamos a citar a Agustín Lara o a Manzanero, si desde chiquitos nos han invadido los boleros y nuestra vida está surcada por ellos? Por eso, creo que producir un bolero de la misma manera en que Massive Attack se cruza con el dub es más que válido, porque en cierta forma es lo que ellos no pueden hacer. Nosotros podemos hacerlo sobre el bolero porque es lo que dominamos, porque no tenemos cultura jamaiquina y no tendría sentido repetir el modelo Massive Attack.

 ***

 –Impresionante. Pasemos a la segunda entrevista que le hiciste. En Freeway, año 2006.

 –Esperá. Hay alguna cosa más… En la del 2002 escribiste algunas líneas, como intertexto de la conversación,  sobre un show en El Ciudadano.

–Es verdad. Había sido un año antes, en 2001. Uno de los mejores shows que vi en mi vida. Me pareció haber visto, esa noche, no a Babasónicos, sino a una mezcla extraña de Queen con Roxi Music.

 –¡Exagerado!

–No exagero. También te puedo decir que en los años siguientes tuve varias decepciones con los shows de Babasónicos. Porque el éxito popular les hizo perder el gusto por los bordes, la provocación, aunque entiendo que la jugaban de otra manera. Pero bueno. Es lo que siento…

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 ***

 Vestido de puntilloso blanco blusa de seda, pantalón ajustado y botas de cuero con taco alto–, Adrián Dárgelos se contonea en el escenario, dispuesto a coquetear y seducir mostrando uno de sus hombros al descubierto. Él es el rocker fronterizo, fanático por igual de Los Iracundos y de Roxi Music, capaz de pasar de un bolero al metal más crudo y no ruborizarse al acompañar con su voz un extravagante western-rock bien bizarro. Después será algo de disco, un poco de lounge, de rock maquinoso. Después la fiesta será completa y la comprobación de que Babasónicos es la mejor banda de rock en nuestro idioma. [...] “Soy muy puta / y no trabajo para vos”, ironiza Dárgelos, ríe Dárgelos en ‘Soy rock’, del disco “Jessico”, entre riffs que se burlan descaradamente de la pose rockstar. Grita “rock”, sacude “rock”, y es fácil comprender por qué una banda tan contundente y sofisticada, tan elegante e inteligente, no tenga la popularidad que goza cualquier grupito chabón en Buenos Aires. Se quiebra el dandy cuando grita “rock”, estalla glam, amanerado. Sacude un rock puto, una vibración que jamás será alcanzada por los pudorosos y conservadores Redondos de Ricota. Después vendrá ‘Rubí’ (“Quererte así, / beberte a gotas”), un bolero naíf con bases electrónicas que tiene ese clip polémico en el que aparece un adolescente masturbándose durante todo el tiempo de la canción. [...] “Tan freak y tan popular / quiero ser”… David Bowie, Brian Ferry y Brian Molko tienen razón. El gran show está en ese deseo, en esa tonta idea de ser la reina vestida de blanco, la reina de un rock que sólo puede burlarse a sí mismo y seducir a quienes pagan la entrada. Eso es Babasónicos. Una historia que no pasará desapercibida en la delirante épica del rock periférico en el cruce de los siglos XX y XXI.

 ***

 –En 2006 ya eran muy populares. “Putita” fue el gran hit. El disco Infame sigue siendo el más vendido de Babasónicos.

–La entrevista fue para Freeway, nota de portada. Fuimos en Buquebus con Rafa Lejtreger. Una charla distendida, en un hostel de Palermo, y después una caminata por el barrio para hacer unas fotos. Ahora que la releo, noto que el centro de la entrevista está en una obsesión. ¿Adivinás cuál?

 –En el rock y en la ironía o no de “Soy rock”. En lo que te había impactado la banda en El Ciudadano cinco años atrás. En lo de retro. Es raro. Ya te lo había contestado claramente para la otra entrevista, pero seguías insistiendo.

–Y bueno, tantas veces te tienen que decir las cosas hasta que las entiendas… Así funcionamos. Pero Dárgelos volvió a sorprenderme. Menos verborrágico, pero con un concepto muy interesante sobre la vergüenza.

 ***

 ADRIÁN DÁRGELOS: Vernos de cerca intimida, ¿no? Y es cierto que en un show con un escenario más alto, intimidamos mucho menos. La diferencia es que somos bastante más monstruosos para quienes nos tienen cerca, porque somos músicos con un alto nivel de compenetración, de compromiso, de estado de rock en el escenario. También depende del día: porque hay días en que estamos más distantes que otros. Pero seguimos siendo caóticos y bastante impredecibles. Por eso es que no siento que hayamos cambiado… Pero no sé cuál es tu punto de vista con respecto a eso…

–Se parece a lo que estás diciendo. Pero…

ADRIÁN DÁRGELOS: Lo que vos viste en ese show de tan cerca es a una banda que está lanzada a una furia épica, donde vibran, vibran, vibran y se pueden morir en cualquier momento. Desde el escenario de un show grande es más difícil verlo, porque ninguna banda de estadio está dispuesta a morir. Es decir, las bandas en los estadios, en los shows más masivos, perpetúan su gloria. Y en la otra se nota lo efímero. Pero es una realidad de la dimensión del show… Si a Kings of Lions o a The Strokes, que tienen todo para perder, los ves en un estadio, parecen más marciales; y si los ves de cerca, son más irreverentes. Lo que nosotros tratamos de hacer es leer la diferencia de los shows. Y son sutiles, pero son diferentes… La mayoría de los shows que hacemos ahora son en lugares de entre dos y cinco mil personas, todas paradas, donde se vive como un show de rock y se siente peligro, porque ponemos a la gente en el límite de la inconsciencia. Después están los shows de teatro, como los del Plaza en Montevideo, que son más sobrios porque el teatro impone otra condición. Ahí nosotros somos un poco más sutiles y se nos ve menos en esa posición de peligro. Después tenés los shows de estadio, que son otra cosa… Pero para mí, desde arriba del escenario, todos los shows son iguales: son a morirme ahí.

 ***

–Es interesante el concepto de morir en el escenario… Alguna vez te oí decir que el único que lo lograba era Marquitos de Motosierra.

 –Sí. Eso es más que cierto. Pero una pregunta que se me ocurre ahora es si el que muere es el seductor o el seducido. O si lo que muere, en definitiva, es la propia intención de seducir, el propósito, en último caso, de una música tan sexual como el rock.

 –Justo se te ocurren las preguntas cuando no está Dárgelos. Sos un perdedor…

–Pero ya te lo dije: el que se equivoca también acierta, porque cuando le mencioné que “Putita” tenía cierta ironía, volvió a relativizar el asunto, como lo había hecho con lo retro, esta vez con la sutileza entre ironía y vergüenza. Y salió algo más que interesante…

 ***

 ADRIÁN DÁRGELOS: Soy enemigo de la ironía. No me agrada el mecanismo de la ironía, que no es más que un chiste para pocos. Y no creo que el público crea que soy irónico. Todo lo contrario: creen que yo estoy diciendo algo serio, que estoy diciendo la verdad. Y al mismo tiempo, saben que es ridículo. Fijate que casi toda nuestra obra es entre épica y dramática… Y en el caso de “Putita”, el tono es épico, es una canción que aspira a la grandeza, que coquetea con la gloria. Evidentemente hay una mala lectura sobre nosotros, acerca del uso de la ironía. Hay otros grupos que sí la utilizan, pero Babasónicos trabaja sobre la vergüenza, que es otra cosa.

–¿Cómo funciona ese mecanismo?

ADRIÁN DÁRGELOS: La vergüenza es para Babasónicos un buen lugar para escribir canciones. Porque es un lugar sórdido, donde el rock de tendencia machista y conservadora no puede meterse. Yo escuché todo el rock and roll, su historia, y encuentro que grandes como Elvis, Buddy Holly y Johnny Cash tenían muy claro que debían ser provocadores, rupturistas. Estoy convencido de que exploraban en la vergüenza, porque de verdad que deberían sentirla al cantar ciertas canciones. Y el vestuario que usaban… Ese mismo camino es el que investigamos con Babasónicos. Pero no lo hago con afán de hacer reír. No trato de hacer música con ironía.

–En contraste con Miranda!, por ejemplo.

ADRIÁN DÁRGELOS: Claro. Yo encuentro que en ellos casi todo es ironía.

–¿Y en Dani Umpi?

ADRIÁN DÁRGELOS: No, él es más trash… Justo anoche discutía con unos amigos que son fans de él –yo también lo soy– sobre si él trabajaba en la superficie de la ironía o no… Ojo que a mí la música en serio tampoco me gusta. Me fastidian los que creen que están diciendo la verdad… Entonces, la medida exacta sería ser “poco serio”… Lo que pasa es que Dani es un personaje real, por lo que su palabra está reivindicada por su persona y su personaje, que él redimensiona. Es la diferencia entre un grupo posmoderno y lo que es trash, lo que es un emergente de una cultura no prevista y más caótica. Y eso es lo que yo creo que tiene él en contraposición con Miranda! y otros personajes.

 ***

 –Lo que me gusta de la tercera entrevista que hiciste con Dárgelos es que tiene cierto sabor a cierre de trilogía.

–¿Por qué lo decís?

 –Ya desde la introducción te referís a las dos anteriores.

–No me acordaba.

 –Acá está. También fue portada de Freeway, pero en 2011. Una cada cinco años…

 ***

 El lobby del mismo hotel donde hace diez años entrevisté por primera vez al cantante de Babasónicos. Año dos mil uno, una charla magistral de Adrián Dárgelos sobre ciencia ficción, la exageración y la estupidez del rock chabón. Acababa de salir “Jessico”, el gran disco, el que los volvería la banda más glamorosa de la década. Hubo una segunda vez, en un pub de Palermo, años dos mil cinco, después de “Infame” y con el disco “Anoche” recién estrenado en las disquerías. Una disertación de Adrián sobre tema libre y puntuales observaciones acerca de la vergüenza, la inoperancia de la ironía y la pureza del rock. Tiempos felices: los Babasónicos eran la máquina perfecta, un ciclo después de otro ciclo, la capacidad de renovarse, la novedad como estrategia. Adrián, recién llegado de pasear por la Ciudad Vieja y preguntar en una librería por el último de Levrero, el que le falta leer, propone que se utilicen para ilustrar la nota unas fotos con vestuario blanco, plan ciencia ficción, la misma banda infame de siempre, todo a propósito, como debe ser. Adrián se explaya sobre cómo componer una nueva canción sin temor a perderse en un laberinto sónico. Las palabras van y vienen.

 ***

 –Esa conversación tiene algo especial. Había ido preparado con algunas preguntas; sobre la noción de la canción, sobre cómo reinventarse después del éxito, y me topé con el Dárgelos lector. Él estaba con Levrero, yo con Bolaño. Más o menos, la misma familia… Todo fue para ahí. Inevitable. O a propósito.

 –¿Y te reconoció?

–Sí, a esa altura ya me había convertido en el uruguayo que siempre le hablaba del show en El Ciudadano. Un pesado.

 –Me imagino.

 ***

 ADRIÁN DÁRGELOS: Si la canción no es el vehículo de una emoción, no es nada. Porque, por ejemplo, la literatura tiene otro fin, que es el discurrir de la fluidez del escritor. En eso se completa la literatura, más allá de la historia que se cuente, en el estilo de un Levrero, de un Cortázar. Pero la canción no puede ser tan caprichosa de quedarse sólo en el regocijo del que la compone. Porque la canción tiene un efecto. Es como la diferencia entre la buena poesía y la poesía ociosa. La poesía ociosa está hecha para conformar al poeta, pero la buena poesía subvierte algo profundo en el aprendizaje del lector, en el pensamiento, que ya no vuelve a ser subsanable. En la canción la dificultad es mayor, porque es una especie de virus que transporta el aire; ni siquiera necesitás elementos: una vez que está pronta, la tocás y se desparrama por el aire. Y el cuerpo, el oyente, es una mácula a la que a veces la canción la atraviesa sin dejar nada, pero, probablemente, incluso algo que no te gusta puede traer en sí, arraigado, este virus modificador de las cosas. Normalmente es eso: contiene el envase de una emoción. Entonces, una vez que ya grabaste trescientas canciones, ¿por qué te sentás a escribir una nueva, si sabés que a veces lo nuevo es imposible? A nosotros, a los Babasónicos, se nos paga por buscar, más que por ser músicos. Básicamente se nos aplaude por buscar.

–La canción sería siempre, para ustedes, un proceso colectivo…

ADRIÁN DÁRGELOS: Es que la canción no va surgiendo de uno, sino de la intervención de todos, porque básicamente una idea está contrastada en cómo va modificando al otro y en la interpretación parcial del otro. Una canción compuesta de esta manera, como te detallábamos, es la suma de esos cinco carismas que hacen el estilo de Babasónicos, que es mucho mayor que nuestras subjetividades.

–¿Y en cuanto a los textos?

ADRIÁN DÁRGELOS: En este disco traté de no preguntarme de dónde viene lo que se me ocurre, y no terminar explicándolo en la canción. Están escritas con los sentimientos puros, con los retazos que generamos. Yo voy escribiendo mientras. Probablemente la canción me llegue con toda la banda ensayando. Eso exige que la letra tenga musicalidad y el dramatismo de cada palabra en su lugar. Pero… como el trabajo de componer letras es –como te decía– un trabajo de condensación de la escritura, muy distinto al de la poesía, al del cuento, porque partís de la conciencia de que en la música popular está casi todo dicho, entonces hay muchos fragmentos que podés obviar. Teniendo una oración y otra, el interlineado lo completa la mente de la música popular. ¿Por qué funciona diferente que la literatura? Porque la literatura discurre en un tiempo más largo.

–Mencionabas antes a Levrero, también a Cortázar. ¿Leíste la “Trilogía involuntaria” de Levrero?

ADRIÁN DÁRGELOS: La que más me gustó de las tres novelas es La ciudad. Yo, más que Kafka, como sostienen algunos, veo en la trilogía algo cortazariano, la siento muy influida por esa época, atravesada, eso sí, por un toque de realismo fantástico. También leí La máquina de pensar en Gladys, Nick Carter el asesino… hay otro libro que me gusta mucho de Levrero, Dejen todo en mis manos. Es muy bueno.

–¿Y La novela luminosa?

ADRIÁN DÁRGELOS: ¡Me encantó! El libro que más me gustaba de él era El discurso vacío, pero ahora el que más me gusta es La novela luminosa… En un momento me agarró la obsesión y temía que Levrero volviera a desaparecer de las librerías. Entonces compré todo lo que hay de él, lo estoqueé, y ahora sólo me queda uno por leer.

 ***

 –Y ahora pasaron otros cinco años… y llega Impuesto de fe. Un título…

–Difícil de asimilar.

 –…

–Y bue… No lo entendí. Pero bueno. No estamos acá para opinar sobre el título de un disco. El asunto es que esta vez no tenía intenciones de entrevistarlo. Hasta que llamó Insúa y me invitó a la radio. Y esta vez me perdí un poco. Porque, de hecho, no estaba en un período muy babasónico. Sabía que habían sacado un nuevo disco, en vivo; pensé que era el típico disco en vivo, recopilatorio, ese lugar que se ven obligadas a transitar las bandas de muchos años.

 –Y te equivocaste.

–Sí. Otra vez. Me equivoqué mal. Porque no es un disco en vivo más. Es una maravilla. Lo escuché después de la entrevista, después de quedar callado escuchando la conversa entre Insúa y Dárgelos, después de hacer una pregunta poniendo en la mesa el viejo tópico desenchufados de MTV Latina.

 –Ja, ja. Lo escuché. Otra vez te marcó el posible error, o, mejor dicho, el no acierto… Y aprovechó para explicar que no le gustaba ese concepto. Me llamó la atención que hablara muy mal de los que hicieron Charly García y Soda Stéreo en los años noventa.

–Eso me dejó pensando. Acá no tengo la desgrabación, pero entiendo que lo que quiso hacer Dárgelos fue marcar la diferencia entre el concepto del show Babasónicos con el del formato tradicional de recital acústico. El de Charly es genial a su medida, no hay con qué darle, es la expresión pura de su rock, es tan grande como el que hizo Kurt Cobain. El de Soda es un poco afectado, en eso estoy de acuerdo. Y entiendo también que el único que Dárgelos haya salvado sea el de Illya Kuryaki. Porque ese fue tremendo. “Abismo”, inolvidable. Lo que quiso decir es que el “desde adentro” de Babasónicos es otra cosa. Pero es difícil de explicar en palabras. Porque es una experiencia única. Es algo reservado a los grandes. Es él, diciendo, otra vez en el límite. Y la banda en su mejor expresión. Es el éxtasis absoluto de Jessico. Y Dárgelos logra algo casi imposible: cantar para cada espectador, que cada uno sienta que el show es para él. Ese concepto lo leí en American Psycho, la gran novela de Easton Ellis, cuando Pat Bateman va a ver a U2 y descubre que Bono canta para él, y luego descubre que lo hace para cada uno de los espectadores de las primeras filas. Y eso lo vuelve definitivamente loco.

 –Un delirio.

–Puede ser

 –A mí me parece que los fanáticos de Babasónicos están absolutamente locos.

–Eso es más que cierto.

 –Lo único que tengo claro es que lo voy a entrevistar en 2021 y le voy a preguntar algo de todo esto. Pero hay una pregunta que me pude sacar las ganas de hacerle, esta vez, aunque fue en una tanda del programa de radio de Insúa… Le pregunté por los libros que estaba leyendo.

ADRIÁN DÁRGELOS: A mí me gusta la literatura de la manipulación, del entramado manipulador del lenguaje. No me importa la historia. Quiero ver cómo el lenguaje entra en juego y cómo discute conmigo… Por eso me gusta tanto Levrero. En El discurso vacío te dice que no hay más historias que se puedan narrar, más que la calidad del narrador. No hay otra cosa. Lo demás no es literatura, es anécdota… una historia que tiene final. Lo mejor es poner en juego una operación que opera sobre el pensamiento y que no tiene fin: una vez que entró ya te modificó. No toda la literatura es así; el problema es que la que no es así no me gusta.

***

–Quería decirte que. No importa. O sí… Que escribí algo que todavía no leíste.

 –…

–Una introducción para esta nota que luego deseché. Me parece que puede quedar bien para el final.

 –Dale.

–Ahí va. Y poné el disco entero, que sobran las palabras…

 ***

 Escuchar la música de Babasónicos es lo más parecido al mejor sexo. No es nada nuevo: lo dicen sus más fieles seguidores y seguidoras. Dicen que sus canciones son conductoras de vibraciones placenteras, una evidencia más de que el acto de amor entre sonidos y palabras, cuando roza la magia, es capaz de hechizos únicos y tan profundos como un pogo ramonero o bailar una canción eterna de Los Iracundos. Todo empezó a ponerse así desde el disco “Miami”, primero de una posible trilogía que se completa con “Jessico” y el poderoso “Infame”, desde que la banda de Lanús “probó la galletita”, ese elixir que vincula al glam con aires melódicos latinos, en el límite de la vergüenza y donde es inevitable perder todo vestigio de pudor. Como sucede con las mejores drogas, Babasónicos siempre pega bien si se conocen sus poderes. Es una banda que ha logrado redefinir el rock como territorio poético y provocador. “Impuesto de fe”, el acústico inesperado, es la seducción en estado puro… Escúchenlo, mírenlo, sumérjanse en esas canciones…

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