EL MATÓ por Gabriel Peveroni

el mato

Disco de Oro

Son de la Plata. Dicen que es una ciudad muy húmeda, de inviernos insoportablemente fríos. Debe ser por eso que los discos que viene haciendo EL MATÓ desde hace más de una década suenan a construcciones fuertes, envolventes, que lo cubren todo, entre muros de guitarras y melodías perfectas. Necesitan ese tipo de discos, ideales para quedarse a vivir adentro de ellos y tratar de salvarse del frío, de la humedad y del hastío. La síntesis O’Konor es un disco de oro, para descubrir y volverse adicto, un dignísimo sucesor del emblemático La dinastía Scorpio.

La Plata tiene más de una historia musical irresistible. No me refiero a los Redondos. No quería escribir sobre ellos y siento que ya lo estoy haciendo y que corro riesgos si continúo. Sí, es verdad, los tengo marcados, para bien o para mal, y también es verdad que podría discutir horas sobre la manera en que las canciones de Oktubre se nos metieron en todo, en absolutamente todo, hasta en entenderlas como síntomas de alguna verdad tan pendenciera como ridícula. En todo caso, siento que La Plata tiene otras bandas sonoras que considero aún más entrañables que el insufrible artefacto-ricotero-de-rock-para-las-masas.

La Plata es “Agujero interior”, de los Virus, canción capaz de hacer bailar a un muerto.

La Plata es poner a todo volumen “Siempre acampa”, de los Peligrosos Gorriones, y no poder contener la sonrisa, porque es de esas canciones que provocan todo tipo de muecas liberadoras y no me pregunten por qué, en todo caso preguntenlé a Bochatón.

La Plata es “América”, una genialidad de canción performática de ese animal llamado Manuel Moretti. Una deformidad melodramática.

La Plata es Adicta. “Tu mal”. Más deforme, casi queer, casi rozándose con Virus.

Con esas cuatro canciones se podría armar un ep platense ideal. Se le podría agregar, como bonus track, una canción de Embajada Boliviana, esa banda deliciosamente punk, bien under, bien loser, que llegado el caso se subió a la lista por ser referencia directa de la banda platense, estrictamente de rock, más importante de la historia. No, no me refiero a los Redondos. ¡Basta de caer en el teatro contracultural del Indio Solari! Estoy hablando de El Mató, sí, de El Mató a un Policía Motorizado. Porque es una banda que ha sabido crear construcciones fuertes, envolventes, que lo cubren todo, entre muros de guitarras y melodías perfectas. Porque es una banda que ha parido dos discos adictivos y hermosos: La dinastía Scorpio y La síntesis O’Konor.

¿Cuál es el mejor de esos dos discos enormes? Es una pregunta que no lleva a ningún lado. Lo siento. Por mi experiencia, solo puedo decir que la adicción que tengo hacia La dinastía Scorpio es tan grande que hasta hace unos días no me animaba a dejarme llevar por las ondas sonoras del nuevo disco. Tampoco me animaba a ir para atrás en el tiempo, pero me regalaron hace poco el libro “La ruta del sol”, que se centra en la trilogía de El Mató y en donde el periodista Walter Lezcano aprovecha para inmiscuirse en los comienzos del grupo. Y como sinceramente una de las materias que más me interesan tiene que ver con el inicio de las cosas, estuve haciendo un poco ese viaje contrario y me metí en el lo-fi y la crudeza extrema de El Mató, de lo que los une, entre otras cosas, con esa banda de culto llamada Embajada Boliviana. Pero es verdad, también, que en estos días me propuse finalmente escuchar La síntesis O’Konor con la atención que merece. Un poco porque estaba la chance de conversar un rato con Santiago Motorizado y había que pensar preguntas, disparadores, lo que fuera para obtener algo interesante. Otro poco porque neces despegarme un poco de La dinastía Scorpio, y comprobar si existe alguna canción que supere en intensidad a “Chica de Oro”, que por cierto incluiría como primera del Lado A del ep platense ideal.

Entonces fue que le pregunté a Santiago Motorizado por esos dos discos, más bien por qué cosa, para él, diferencia a un disco del otro. Esa fue la primera pregunta que le hice, que se la mandé enganchada con la particular manera que tiene el grupo de enhebrar influencias kraut rock alemán de los 70 con vivencias contemporáneas en una ciudad tan húmeda y fría como La Plata.

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DE NEU! a CAM: “Mirá, nosotros somos muy fans del kraut, pero sobre todo de Neu!, de esa ala del kraut rock, de esa cosa machacante, que toman un poco los Stereolab. Eso fascina, ¿viste?, está buenísimo, y nosotros lo mezclamos con varias cosas, con algo más propio, más crudo. Menos elegante, por decirlo de alguna manera. Y se genera una cosa así, medio noise kraut, que está buena. Pero lo que pasó con el último disco, con La síntesis, fue que un día llegó Gusti a un ensayo con Future Days, de Cam, que es la otra ala del kraut, a la que no le habíamos dado mucha bola, y nos pusimos a escuchar ese disco. Y flashamos, ¿viste?, nos encantó, pero era como nada que ver, porque si bien tiene esa cosa machacante, está todo sobrecargado, con mucha percusión, con la vocecita de Damo Susuki ahí, tarareando melodías increíbles. Y flashamos con eso, y creo que ahora, en esta última etapa, lo que hay es más influencia de eso que de lo otro, más influencia de Cam que de Neu! Y nada, está bueno que así sea”.

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No hay tiempo ni espacio de hacer arqueología kraut alemana en profundidad. Pero siempre viene bien volver un poco a ese tiempo, a los primeros años 70, cuando la música se escribía con intención de futuro, cuando la ciencia ficción tenía el sentido y la dirección de la modernidad. Ahora es otra cosa. Del otro lado del apocalipsis la sensación de futuro asfixia, se vuelve insoportable. Y tiene razón ese gran amigo escritor que sostiene que no hay nostalgia en escuchar OMD o Gary Numan, porque al escuchar esas genialidades del synth-pop lo que hacemos es conectar con un tiempo que todavía no sucedió, que está adelante, por lo que retomar el kraut de Neu!, o de Cam, no sería exactamente un ejercicio retro, vaciado de contenido, sino un diálogo con lo que genera más vértigo y que en este tiempo parecemos tener vedado: el futuro.

Y vuelve, y se hace más que necesaria, la pregunta de siempre. ¿De dónde vienen las cosas? ¿O , mejor dicho, cuáles fueron las cosas que tuvieron que ocurrir para que podamos escuchar, en este 2017, algo tan perfecto como el nuevo disco de El Mató? (Digresión: prometo tratar de explicar en próxima columna cómo este disco se complementa con el nuevo de Arcade Fire, teoría conspirativa tan personal como errónea. Lo prometo ahora, antes de casi desaparecer y dejar entrar al relato el testimonio, claro y luminoso, de Santiago Motorizado).

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LA FORMACIÓN: “Tengo un recuerdo de La Plata que es bastante parecido a lo que es ahora. Ensayábamos en el barrio, y ahora lo seguimos haciendo, a pocas cuadras de aquellas primeras veces, que eran en la casa de Diegui (Diego Darrigrán), que ahora tiene su proyecto que se llama Koyi y está por sacar un disco nuevo por Laptra. Diegui tenía una casa que estaba a mitad de construir. Uno de sus hermanos vivía en una casa que estaba adelante, terminada, y otro hermano vivía atrás, en una casa bastante precaria, que no tenía ventanas ni paredes revocadas. Parecía un paisaje hostil, bastante sórdido. Lo era. Pero nosotros nos juntábamos ahí y le poníamos un poco de magia. Habíamos llevado equipos de guitarra, instrumentos, y era como una sala comunitaria por donde pasaban varias bandas. Ahí se gestó El Mató y también muchas otras bandas. Había bandas que se formaban una tarde y duraban a lo sumo un par de ensayos; otras duraron hasta el día de hoy. En ese momento, la banda formaba diferente. Diegui, el dueño de casa, tocaba la batería. Gato (Javier Sisti Ripoll) y Manu (Manuel Sánchez) tocaban guitarras, y yo tocaba el bajo. Después Diegui pasó a la guitarra, cuando entró Willy (Guillermo Ruiz Díaz) en la batería. Llegamos a tener  tres guitarras: Diegui, Gato y Manu. Pero al final quedó solo una guitarra. Porque Gato no quería ensayar nunca, medio que se fue yendo de a poco, y se concentró en 107 Faunos. Y porque Diegui trabajaba todo el día y era imposible coordinar con él. Así que por eso fue que lo invitamos a Gusti (Gustavo Monsalvo), y ya quedó la formación definitiva”.

LAS CASAS DE SANTI: “Ese tiempo fue de mucho frío, porque La Plata es una ciudad húmeda y la mayor parte del año hace frío. Y como cuando llega el verano viene una humedad horrenda, y la gente se va, así que, bueno, se puede decir que La Plata es una ciudad fría. Y esa casa, la del fondo de lo de Diegui, sin ventanas, era todavía más fría. Pero estaba buenísima. Tengo recuerdos hermosos de todo eso. Me acuerdo que la íbamos tuneando con cosas que encontrábamos en la calle: sillones, alfombras; le íbamos poniendo una onda. Era una cosa así, medio jipi pobre, pero era muy linda, con olor a cigarrillo, cerveza e instrumentos. Todo esto de los primeros ensayos fue después del secundario, en la época que ya estábamos en la facultad. Yo estudiaba en Bellas Artes pero no iba mucho, era mal estudiante… Previo a todo eso, tengo el recuerdo de la epoca previa de El Mató, como que fue una época oscura. No pasaba nada grave, pero sí de estar de noche, vagando. Nos juntábamos mucho en la casa de la abuela de Manu, que es también la abuela de Morita (Mora Sánchez), porque ellos son hermanos, y ella es mi novia, tecladista de 107 Faunos… Bueno, era como un refugio que teníamos ahí, enfrente del Teatro Argentino, que es como el centro de la ciudad. Es una casona grande, vieja, y como los abuelos a esa hora estaban siempre durmiendo, nos juntábamos ahí a fumar, a charlar, en los años del secundario. Ahí, de esos años, me pegó Embajada Boliviana, que es una banda mítica de La Plata, punk, como muy ramonera, muy cancionera, con mucho sentimiento. Cuando conseguí el casete de Embajada, que para comprarlo había que ir a una concesionaria de autos en la que trabajaba el padre de uno de los chicos, creo que el bajista, y el tipo te lo vendía, me acuerdo que lo puse y que entraba el sol por la ventana de mi pieza, y se veía el polvillo ese que se ve cuando entra el sol. Y me partió la cabeza. Porque era como muy desprolijo y se notaba que era como la grabación de un ensayo, pero atrás de esa desprolijidad, de toda esa cosa cruda que también me generaba empatía directa, había unas canciones, unos temazos, cantados con mucho sentimiento, mezclados con urgencia. No sé, todo eso lo transformaba en un combo increíble. La voz de Julián, ¿viste?, cantando con toda la energía posible, era una cosa que chau, me partió la cabeza. Y también estaba esa cosa real de la desprolijidad, de la crudeza, del lo-fi, que era como motivador. Te daban ganas de accionar, de querer tener tu propia banda, de estar en un plano más real. Eso pasa mucho con el punk, que es como más primitivo y uno se anima más a abordarlo, y también pasa cuando es una banda de tu ciudad, bien cercana”.

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- ¿Sigo?

- Seguí.

- ¿Para adelante o para atrás?

- Te propongo un desvío, si querés.

- Dale.

- Que me cuentes qué libro estás leyendo en estos días.

***

EN BUSCA DEL ORIGEN: “Ahora estoy leyendo “Please kill me”, “Por favor, mátame”. No sé por qué lo dije en inglés. “Por favor, mátame”, se llama. Es un libro que siempre quise leer. Me acuerdo de cuando salió, pero no se conseguía fácil la versión traducida, y ahora en el último viaje que hicimos a Europa lo pude conseguir. Es la historia del punk, pero todo narrado a través de testimonios. No hay una voz que relata. Todo el tiempo son testimonios, sacados de una colección de reportajes, que van armando una historia. Arranca con la Velvet, pasa a los Stooges, después a MC5, y bueno, después va entrando en el mundo de los Ramones y todo eso. Es increíble el formato ese, de los personajes hablando cada uno, porque por ahí sobre una misma historia habla Lou Reed y después John Cale dice una cosa diferente. Eso es lo que estoy leyendo ahora”.

***

Me sorprende un poco. No el hecho de que Santiago Motorizado esté leyendo ese libro, sino la sensación de que la entrevista se desliza hacia ese recurrente lugar del testimonio y del origen de las cosas. De eso trata, se sabe, el imprescindible “Please kill me”, y también es parte de la estrategia a la que recurrí para escribir el libro que hace unos pocos días terminé (sobre los orígenes de Los Estómagos y la creación del primer disco del grupo pandense, el legendario Tango que me hiciste mal), y que el hecho de poner punto final me habilitó tiempo y cabeza para volver a esta columna de discos que tenía abandonada. Son varios meses en los que apenas pude armar una nota sobre el regreso del rey Charly García. No pude desviarme del viaje a mis orígenes. Los Estómagos son mi propia Embajada Boliviana. Y por eso toca ahora concentrarme en un disco de los grandes. Le comento a Santiago de mi creencia de que La dinastía Scorpio y Jessico de Babasónicos son los dos grandes discos del rock argento del siglo XXI. Insuperables.

Entonces, algo se vuelve a tensionar en la conversa y noto un pequeño gesto de que quiere tomar otra vez la palabra. De que quiere seguir con esas historias, las suyas, las de esa ciudad fría y húmeda. No tengo idea qué mierda piensa Santi Motorizado sobre los Babasónicos. Pero como hace un rato me dijo que era fan de Queen (una parte de la entrevista que se fue a la papelera, pido disculpas por ello), y una vez, en pleno éxtasis glam de los Babasónicos, allá por el año 2000, flashee en uno de sus shows con que eran los mismísimos Queen, no sé, algo se tensionó, y eso es bueno que suceda en una conversación.

***

TE VOY A HABLAR UN POCO MÁS: “Sí, voy a seguir hablando un poco más, de esos primeros años con la banda, cuando empezamos con los primeros ensayos y ya con la banda establecida, con Gusti… Había como un denominador común, ¿no?, que era esa música, puntualmente, que era nuestro fanatismo por la música independiente norteamericana de fines de los 90, pero mezclado un poco con Nirvana, con los Pixies, con lo que pasaba en La Plata. En los noventa éramos muy fans de los Peligrosos Gorriones, que era como el referente alternativo en la ciudad, y eran un poco parte también de la camada que fue Babasónicos, Los Brujos, Massacre. Eso era lo que nos pegaba; queríamos continuar un poco con ese lenguaje, pero a nuestra manera. Sentíamos un poco que en ese momento faltaba eso, que faltaban representantes de un lenguaje alternativo. Un poco la idea era esa, la idea del comienzo de la banda… Yendo otra vez más atrás, me acuerdo que en la secundaria teníamos un casete que era como nuestra Biblia, que era un compilado del sello Matador, con un tema de cada banda: Guided by Voices, Yo la tengo, Catpower, Sonic Youth, etcétera. Y nada, era increíble, y un poco eran las bandas referentes. No solo por el lenguaje artístico y musical, sino por cómo hacían las cosas, cómo mezclaban todo eso con el arte visual. Todo eso me enloquecía, era genial, y era un poco lo que nos marcaba, lo que marcó ahí, en ese momento. Después se fue ampliando un poco el universo, pero la matriz está por ese lado. Así fuimos desarrollando el lenguaje de la banda”.

EL PRIMER DISCO: “Antes de salir a tocar, me acuerdo que yo quería grabar un disco. Porque siempre, con mis bandas anteriores, bandas del secundario que no duraban mucho, la grabación del disco había sido un momento conflictivo y después no se llegaba a ningún lado. Entonces, eso era importante, por lo menos para mí. Y les dije: ‘grabemos un disco, porque si sale bien significa que va a estar todo bien. Y de paso, empezamos a salir a tocar y ya tenemos algo para mostrar, para regalar, para vender, para lo que sea’… Ahí vino otro tema: yo tenía que hacer canciones, escribir letras; así que me animé un poco a hacer eso y por suerte a Manu le gustaron las que le mostré, ¿no?, porque en caso contrario habría sido una catástrofe. Ese momento de mostrar tus primeras canciones tiene como mucho nervio, pero básicamente fue muy importante el apoyo de Manu, porque después me animé a mostrárselas a un par más, a todos les gustó, y eso me envalentonó. Así que juntamos un grupo de canciones y grabamos el primer disco. Lo grabamos de manera casera, en un estudio que había armado Miguel Canel, que era amigo de un amigo. Y nada, un capo Miguel. La verdad que fue muy paciente. Porque nosotros teníamos claras algunas cosas, pero a nivel técnico nuestro lenguaje era limitado y pedíamos cosas raras. Estuvo bueno. Estuvo bueno toda esa experiencia de grabar ahí, probando cosas, sumando capas”.

LA TRILOGÍA: “Para el segundo disco, Navidad de reserva, yo ya estaba más seguro con las letras. Yo siento que ahí entendí un poco por dónde tenían que ir las letras… algunas letras del primer disco hoy las veo con un poco de verguenza, como que no me convencen mucho. Pero a partir de Navidad de reserva creo que están bien, y ya un poco como que la banda, con cierto ruedo, se asienta en un sonido así, más El Mató, que queda más definido en ese disco. Después, con Un millón de euros, bajamos un cambio, porque conceptualmente queríamos que la trilogía fuera ‘nacimiento, vida y muerte’. Y como Navidad de reserva era un disco navideño, pero de Navidad medio rasposa, Un millón de euros tenía que ser un disco más luminoso, con menos distorsión, más despojado. Por eso el sonido fue para ese lado, para después retomar la oscuridad en el apocalipsis que fue Día de los muertos. Todo eso fue la previa de La dinastía Scorpio, que básicamente es todo ese sonido acumulado, pero abandonando la atmósfera de estudio casero para ir a grabar a ION, que es un estudio mítico en Buenos Aires. Pero sin perder la esencia, ¿no?”

LAS COSAS PUEDEN TERMINAR BIEN: “Eduardo Bergallo, que es como una eminencia en Argentina, que grabó varios discos con Cerati y Soda Stéreo, que es como muy mainstream, fue el que grabó La dinastía Scorpio. Él propuso grabar la banda en vivo en lugar de hacer un disco de laboratorio, que es lo que hacen todas las bandas cuando llegan a un estudio grande. Tocamos todos juntos en una sala muy grande que tiene ION y que está muy buena para ese tipo de proyectos. Nos propuso eso; tocar en vivo, captar esa esencia, no meter mucha mano. De alguna manera creo ese disco cierra toda esa primera etapa, de lo que fue el primer disco y la trilogía. Ahora, cuando encaramos este nuevo disco, La síntesis O’Konor, decidimos hacer un trabajo más de laboratorio. Estuvimos mucho tiempo trabajando en preproducción, abandonando esa crudeza de ir al grano en ciertas cosas, para adentrarnos en profundizar en detalles, en partes, en sumar ciertas complejidades… Igual siento que es muy difícil hablar de esto, porque quiero ser cuidadoso y no hablar como que esto es una idea superadora de lo otro. Es otra elección, es otro camino, pero esto no es mejor que lo otro, ni lo otro es mejor que esto. Pero como lo otro ya estaba hecho, quisimos darle un giro al sonido de la banda, empezar a explorar en cosas que teníamos muchas ganas de explorar. Fue el momento entonces de juntar todas esas ideas, que aparecen acá, en este disco, que por eso, de alguna manera, genera una especie de quiebre en el sonido El Mató. Porque fueron muchas ideas, mucha información acumulada, y la verdad es que estamos contentos. Fue mucho trabajo, pero fue muy placentero, muy divertido, y terminó bien, ¿no?, porque las cosas pueden terminar mal, pero terminaron bien”.

***

Ahora estoy escuchando el nuevo disco.

Ocurre la hipnosis.

Me traga.

Me lleva hacia un lugar que no conocía aunque lo siento confortable, un lugar que tengo claro que protege del frío y la humedad. Por eso a los montevideanos nos sienta tan bien el sonido El Mató.  Es una banda que se lleva bien los Buenos, con La Hermana, con las bandas de Pau, con Julen, con La Foca, con Buceo, con los Nadadores.

Estoy en mi casa, una casa con ventanas pero que necesita reparación urgente de la azotea.

Ese maldito asunto de la humedad.

Afuera, la lluvia.

Sigo escuchando el nuevo disco de El Mató.

No puedo decir nada sobre él.

O puedo decirlo todo.

Sólo diré que se me está volviendo irresistible.

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