Discos encontrados VI: LA CALMA CHICHA, Tulsa

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Los contextos, los estados de ánimo, los brumosos pliegues de la memoria, todo incide para encontrar un disco y no otro. Si elijo escribir algo sobre cancioneros entrañables de David Bowie o The Cure, que lo hice en columnas anteriores, esa mínima decisión dejará al margen a otros discos, como el Phantasmagoria de los Damned, que lo volví a escuchar hace un rato para toparme con la maldita certeza de que muchas veces los discos que más nos gustaron, a veces hasta el fanatismo más indecoroso, suelen perder el encanto y se esfuma el ahora lejano e inalcanzable enamoramiento.

Nada, no quedó nada, y hay que darle la razón a quienes prefieren no viajar a un sitio donde alguna vez se fue feliz. Guardo el vinilo de los Damned en su lugar, entre los queridos discos británicos de los años ochenta. No quedó nada de la sombra del amor. Debe ser mi culpa. Debe ser que esta noche quiero escapar de los recuerdos.

Quiero encontrar, ese es el plan, uno de mis mejores discos nuevos.

Los caminos suelen bifurcarse, pero lo encuentro muy rápido, porque me lleva al recuerdo de un amigo con el que compartí tantas cosas y se mudó intempestivamente a Zaragoza. Estaba buscando un amor que lo ayudara a salir de Montevideo. Un pretexto. Y lo encontró.

Lo fui a visitar hace un par de diciembres. Llegué en tren, desde Valencia.

Fabián, a su manera, es feliz. Nunca lo vi tan feliz, aunque las últimas cuatro o cinco navidades -ya perdí la cuenta- las haya pasado en los Pirineos y lejos de las playas de Rocha. Y a pesar de que varias veces, como me cuenta mientras caminamos, la percepción le juega una mala pasada y superpone rostros familiares, de amigos montevideanos, en caras de zaragozanos apurados y medio zombis por el calor demencial de agosto o por el silbido infernal del cierzo de febrero, el viento que baja de la montaña y cala los huesos. Entiendo el terror que significa esa vivencia. Pero se acostumbró a convivir con esas apariciones, con esos fantasmas. Aprendió a controlar el impulso de saludar. La primera vez que le pasó creyó que estaba loco y se puso a llorar.

Me está contando todo eso cuando veo un afiche que me sorprende y siento que soy yo el que veo fantasmas. Es lo que menos esperaba encontrar. Es el anuncio de un concierto de Tulsa, la banda de Miren Iza, la que se había ido a Brooklyn escapando de España y con deseos manifiesto de abandonar la música por un largo tiempo. Eso es lo que recuerdo haber leído en una entrevista. Pero no. Tulsa está de regreso. Presenta el disco La calma chicha en una sala de Zaragoza. Y yo no podré estar, porque viajo a Madrid un día antes. Se desvanece la posibilidad de ver algo que no estaba en mis planes y que no sabía que iría a estar tan cerca. Sé que Fabián piensa que es un poco frívolo que a nuestra edad, más cerca de los cincuenta que de los cuarenta, me siga enamorando de discos raros. No lo dice, pero le digo, como para que se entere, que escucho a Tulsa con la misma devoción que lo hacía por el Phantasmagoria, de los Damned, que llegó a convertirse en el disco preferido de uno de los personajes de mi primera novela La cura.

“Tenés razón… las caras viejas ya no están. Son fantasmas”, dice Fabián, encontrando la solución a los dos dilemas con una misma frase. Apenas si alcanza con sustituir caras viejas por discos viejos, como si fuera un axioma y no olvido que mi amigo es profesor de Matemáticas.

Tulsa es una de mis bandas favoritas. Me puede. Sus dos primeros discos son rock del desierto, baladas minimalistas on the road, y la voz afónica de Miren Iza tirando versos amargos, de esos que siempre dan el blanco. “Llevas razón al decir que el mundo no se acaba en esta habitación/ pero yo miro hacia el jardín y sólo espero a que el mundo caiga sobre mí”. Otra: “Ahora que viajo hacia el norte huyendo de mí/ la culpa se sienta a mi lado y me recuerda: no te librarás de mí”.

Ambos discos acompañaron las inolvidables lecturas de Los detectives salvajes y 2666, las dos grandes novelas de Roberto Bolaño. Respiran esa densidad. Y no quiero desviarme a los boleros de Lara cantados por Natalia Lafourcade, ni a las sensuales canciones oscuras de Christina Rosenvinge. En pocos minutos llegamos a la Fnac de Zaragoza, con Fabián, y esa fue la escena, la de la compra impulsiva del nuevo disco de Tulsa. Después, ya en casa de Fabián y María, en calle del Heroísmo, viene la escena siguiente, dando la primera escuchada.

Ahora mismo llevo dos años escuchando La calma chicha. Es uno de mis nuevos discos preferidos. El regreso de Miren. Ya no están las guitarras y el terciopelo de rock sureño que tan bien le sienta. Se puso ropa electrónica y le queda aún mejor. Frasea al borde de un recitado, de un rezo, de una letanía. Y dice: “Llueve, llueve, llueve en Brooklyn”. Y pregunta: “¿Cuánta agua tiene que caer para que se ahogue este amor?”. Y termina: “Esta leña nunca más arderá”. Esos tres versos, dichos por Miren Iza, uno atrás del otro, ponen la piel de gallina. Nos devuelve a la poesía que tantas veces se escurre y desaparece de la canción.

Si el comienzo del disco estremece, y explica de alguna manera el regreso a Madrid y a grabar nuevas canciones, la que sigue, la “Oda al amor efímero”, es un mantra íntimo, una carta de amor con uno de los versos más sinceros que haya leído (o escuchado): “No me importa si eres listo o idiota/ Te voy a querer igual”. Y después viene “Gente común”, vaya sopresa, una percusión electropop que empieza a acelerar y se advierte que la cita a la canción de Pulp es absolutamente explícita. Y dan ganas de bailar. Y vienen más canciones, y por lo menos tres versos que cada vez que suenan parecen perfectos:

“Nuestra guerra nunca empezó/ por eso nunca acabará”.

“En tu corazón solo hay sitio en los suburbios/ De lo que sucede en la periferia de ti/ apenas te enteras”.

“Ay, llevo años escribiendo la misma canción/ con el único fin de saber algo más de ti”.

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