Buenos Muchachos – Esa dulce introversión

Buenos Muchachos Centenariazo

Martin Scorsese le puso nombre, sin saberlo, a una de las bandas de culto del rock montevideano, la misma banda admirada –entre otros- por los cineastas Stoll y Rebella, quienes los metieron en 25 watts al lado de los Mockers y de Exilio Psíquico.

Foto: Pata Torres

Una noche de esas bien frías, año mil novecientos noventa y tres. De camino al Junta, por la calle Juan Paullier, esa noche no había luna. La flaca siempre se va, dice Carlitos. De la vieja casona se escucha ruido fuerte. Oscuro. Salvaje. Caliente. La mejor anestesia eléctrica. La flaca estaba rota, insiste Carlitos, y noto en sus ojos una leve tristeza. Pero la mirada dice no importa. La noche todo lo cura. O no.

–Dale, apurate que llegamos tarde –grita mi amigo, apurado por entrar al pub.

–¿Cómo dijiste que se llama la banda?

–Buenos Muchachos.

No le creí. O sí. Parecía un buen chiste. El cantante se retorcía en un largo gemido. La tribu estaba en calma. Catatonia de cerveza y de ruido tiznado de melancolía. Y de repente un pique, descontrol, rito de pogo exasperado. Invierno en el culo del mundo sangrando un cover pasado de anfetas de los Pixies. “Vamos a jugar por la playa”, berrea el tipo una, dos, tres, cuatro, cinco veces. Parece quebrarse. Al borde. Pero se sostiene. Se contonea en el escenario.

Un rato después, Carlitos fuma, más distendido, acodado en la barra. “Las bandas de ahora, las que tocan acá, en el Junta, son corporales”, dice. Tiene razón. Pienso en Nico y Gabriel de los Chicos. En los hermanos Lagos al mango con Los Super o en su segunda identidad de Os Scrotinhos. En el caos noise de La Hermana Menor del Tussi, ex guerrillero urbano. “Es que son los hermanos menores, los bastardos de los ochenta. Sin tanta ceremonia pospunk, ¿viste? ¿O el Peluffo no se paraba durito, como Bono, apoyado en el parlante? Esto es el rock, el de las cuevas, rock del cuerpo, del grito…”. Carlitos no para de hablar. Se olvidó, por un momento, de la flaca. De Cecilia.

Cuenta entre otras historias que al rubio, al cantante, le llaman Pedro Dalton y que es uno de los tres hermanos Fernández. Alejandro, tal su nombre real, es hermano de Orlando y Marcelo, ambos de los Cadáveres Ilustres. Orlando es el mismo que se maquilla una cicatriz en la frente para acompañar al Tano de Exilio Psíquico. Y Marcelo es también un Buen Muchacho. Como Gustavo en la guitarra, Álvaro en el bajo y Rafa en la bata. ¿Pero cuál es el misterio del Dalton?, le pregunto. Carlitos sonríe porque le doy pie para hacerme conocer un fragmento de la historia secreta del under montevideano. Así me doy por enterado que El Dalton dibujaba comics en la G.A.S., allá por el ochenta y siete, pero antes, cuando era un pibe punkillo de Pocitos, le dibujó la primera tapa a Los Estómagos, la del disco Tango que me hiciste mal.

La primera vez que Carlitos vio a los Buenos fue en un cumpleaños en Solymar, en febrero del noventa y dos. No se acuerda de cómo llegó allí ni en qué estado. Pero no olvida que esa noche estaba con la flaca, que los tipos hicieron un par de canciones propias – “tan existencialistas como alcohólicas” –, un par de perversiones de los Doors y los Stooges, y que sus voces, la de los invitados al cumple, quedaron en una grabación pirata que el Dalton prometió registrar en el primer disco que publicaran.

–¿Estaba el Ciber?, le pregunto, para corroborar la capacidad del legendario freak para colarse y ser el insoportable de cualquier fiesta.

–No, ese toque se lo perdió –dice Carlitos, quien por fin larga una carcajada que no pasa inadvertida a Sid y Nancy, la pareja más reventada del Junta.

La leyenda de los Buenos Muchachos va más atrás en el tiempo, cuando en el verano del noventa y uno, en Malvín, según le contó el propio Dalton a mi amigo Carlitos, al lado de un Volkswagen Gol celeste y una lámpara de pie envuelta en un pañuelo rojo, empezaron como trío. La percusión se improvisó con un par de pinceles y unos frascos, Gustavo se encargó de una guitarra criolla desafinada y el Dalton en su grito bautismal, pelado y sin mic. Dejaba de ser el mejor dibujante dark para vivir el sueño de ser parte de una banda de rock.

***

Otra noche, abril del noventa y cuatro, bailando en la pista de Amarillo, más que bailando dándonos unos contra otros con Ministry reventando los parlantes, apareció Carlitos con la noticia, fresquita, de la muerte de Kurt Cobain.

Ni él ni yo éramos devotos, aunque si el deejay pinchaba alguna del Nevermind sentíamos la misma herida emocional, el llamado al pogo, el gesto ritual de sabernos parte de algo. O de querer ser, que más o menos siempre fue lo mismo. Algo de grunge se respiraba en la introversión del Junta, que ya lo había clausurado la Intendencia y lo velábamos en la pista adrenalínica de Amarillo, la discoteca industrial de Los Malditos que quedaba en la calle Agraciada. Algo de grunge había en esas bandas que pretendieron un asalto que no fue, el del casetito que sacó Perro Andaluz con canciones de Chicos, Neanderthal, La Hermana, la Trotsky y los Buenos Muchachos. Las criaturas del pantano, así se llamó aquel intento.

Es difícil explicar por qué la cosa no funcionó, aunque Carlitos ya había vuelto con Cecilia y por esos días de dólar barato y de ilusiones primermundistas teníamos demasiado brit pop, hip hop y trip hop en la cabeza. Y a los Buenos no sé qué les pasó, pero pararon la máquina, igual que La Hermana, mientras Los Super se volvían dignísimos ahijados de Dick Dale y los Chicos seguían metiendo palo y desesperación en escenarios de dos metros por dos hasta terminar por suicidarse.

“No se podía sobrevivir mucho tiempo”, me dijo una vez Carlitos, buscando una explicación en voz alta. “Era una escena que se miraba a sí misma. Un ombligo introvertido”. Tal vez un malsueño. Y ahí nos veo, en la disquería de Riki Henry, la tarde que llegó a Montevideo el Teenager of the year, a finales del año noventa y cuatro. El mejor disco de los noventa. Frank Black después de los Pixies. En ese disco, en sus zonas más oscuras, sobrevivía ese querer ser de los Buenos Muchachos, la magia auténtica del lo-fi. Esa línea existencial que va de Morrison a la Iguana Pop, que pasa por Cobain, Black Francis y toca demasiado cerca la garganta ronca de Pedro Dalton.

Fue el de Frank Black uno de los discos que Carlitos me regaló –entre otros de Pulp y Beastie Boys, vaya extremos- cuando hicieron las valijas con Cecilia para largarse a Barcelona. Con una simple y única condición. La de que le mandara discos de Buenos Muchachos. Si los flacos llegaban a publicar, cosa que en el noventa y cinco parecía casi que imposible.

***

Lo que no le conté a Pedro Dalton, antes de encender el grabador para el ritual de la entrevista, hace muy pocos días, en un frío invierno de dos mil cuatro, fue la historia de Carlitos. Preferí mantener el secreto y que la conociera al verla publicada, como ustedes lo están haciendo ahora.

Sí le hablé de un fan de la banda, que vivía en Barcelona y no los había vuelto a ver en vivo desde la noche del “pantano” en Amarillo. Ese fan había escrito algo bastante adecuado a la hora de definir en palabras la épica de los Buenos. Decía así, textual, el e-mail de Carlitos en respuesta del correo certificado en que le llegara, cumpliendo mi promesa, un original del disco Aire rico, el primero del grupo y que incluía una gran canción llamada ‘Cecilia’: “Hay infecciones que nunca terminan de irse. Que se pegan a la piel. Que son la piel. Los Buenos llevan el tatuaje de la melancolía, la marca del looser gótico. Los Buenos, por lo tanto, nunca serán una banda feliz. No pretenden serlo”.

Pedro rió, no sin cierta sorpresa. Se llevó el papelito, que fuera impreso años después y de manera bastarda –de mi parte- en una crítica que hice de Amanecer búho para la Rolling Stone, en junio de 2004. Vueltas del tiempo y de la vida. Azares tal vez austerianos. Porque la conversación que mantuvimos con Dalton partió de la admiración mutua por el Tango que me hiciste mal de Estómagos, y en ese deja vu recurría aquel secreto perdido de Carlitos, dictándome también alguna que otra pregunta desde la distancia.

***

“Me siento cerca de Los Estómagos”, no duda en afirmar Dalton cuando se le pregunta por sus referentes musicales, que comparte con sus colegas de banda. “También creo que nuestro clima, que va desde crudos inviernos a alucinantes veranos, se refleja en nuestra música. O sea que vamos de esa cosa íntima y climática de la estufa a leña a la distorsión del sonido del océano cuando te clavás de cabeza en él”.

Podría hablarse de un sonido rioplatense, al costado de lo chabón y la alternativitis latina, que sabe a las melancolías lejanas de Dino y Zitarrosa milongueando, pero también a bandas tan actuales como Me darás mil hijos, Reincidentes o Subsole. “Hay un sonido rioplatense”, acuerda Dalton, y enumera a Division, Suicide y nuevamente a los infaltables Estómagos de Tango que me hiciste mal entre sus bandas oscuras de cabecera. ¿Y la actitud? Para Dalton, simplemente, ser un buen muchacho, que es, lisa y llanamente, “lograr hacer y decir lo que sientas sin cagar a nadie”.

A los primeros escenarios, los del noventa y tres, eléctricos y rabiosos, los recuerda como algo “caliente y placentero. Era una explosión de energía única. Todo lo hacíamos nosotros con la ayuda de grandes amigos de Chicos, La Hermana, Los Super… Somos aún un clan que se continúa apoyando, no solo en lo musical, también en la vida. Aún está vigente ese sentimiento en el pecho de todos”.

En esos días de dos mil cuatro preparaban el show del Centenario y venían de tocar en Buenos Aires, en escenarios chicos pero también compartiendo uno grande con La Vela. Hay quienes dicen –Carlitos entre ellos- que los Buenos son banda de pub. A lo sumo de teatro mediano, en veladas inolvidables como cuando fueron teloneros de Pavement o Stephen Malkmus. Pero aceptan el desafío de los grandes espacios. “En los escenarios chicos”, cuenta Dalton, “se aprende a tratar con la gente. Aprendés a mirarla a los ojos, a ver sus reacciones, a sentirlos. Es un momento alucinante. En los escenarios grandes tenés que explotar la energía al máximo, ser mucho más expansivo. Pero mirá que para nosotros es al revés, nos pone más nerviosos tocar en un pub que en un estadio. Lo más importante siempre es el sonido. Esa es la clave de un buen toque. Buen sonido es igual a toque caliente”.

Pronto la conversación deriva a la canción ‘Cecilia’, esa pequeña maravilla que hizo explotar el disco Aire rico y que sé que para mi amigo Carlitos siempre estará ligada emocionalmente a su Cecilia. Pero no quiero desviarme en la charla, ni tampoco pisar en falso. El mito de Cecilia, de algún modo, también está en la gran canción del Darno.

Entonces, que vaya la pregunta más tonta, la inevitable. Que en ocasiones es la más precisa: “¿Quiénes son los Buenos Muchachos?”, le largo, a boca de jarro, a Dalton, sin más pretensión que buscar la definición original. Vuelve a sonreír, y luego de un breve silencio, responde: “Una banda de cinco tipos con la suerte de hacer lo que les gusta… Es puro placer. Todo va por el lado del corazón”.

***

Rondaba ya una alegría eterna en aquel bar de ayer/ cuando soñábamos amanecer/ piel contra la piel/ (…) No queda trago o copa alguna/ para calmar tu sed/ vientre contra vientre/ hay que mover/ tiene que doler”.

(fragmento de ‘Cecilia’).

Una vez sentí el fantasma quebradizo de la nostalgia en una mesa del heroico Segundo Submarino, uno de los tantos bares por los que pasó el Darno, en la esquina de Cuareim y Nueva York. Diez años después de Graffiti, reunidos en la misma mesa, se reencontraban Gabriel Peluffo, Juan Casanova y Renzo Teflón. Guardo entre mis tesoros la foto que sacó Pablo Bielli en aquella noche del noventa y cinco. La cinta que registró la charla se perdió. Pero no la memoria. Mucho menos la crónica del recuerdo rockero de los hermanos mayores de la posdictadura. Y la fragilidad de que en apenas diez años cierto encanto se había esfumado.

Esta vez, el ten years after –de aquel show en el Junta que disfruté con Carlitos, de mal de amores por su Cecilia- supone celebración. Porque después de aquella primera muerte en el noventa y cuatro, los Buenos se han convertido en grupo de culto. Porque han escrito en los últimos diez años muy buenas canciones, publicadas en tres discos tan intensos como introvertidos. Y, lo más importante, porque en la noche del Centenariazo, un ilustre desconocido, un fan llamado Carlitos, hoy con acento catalán, estuvo allí para brindar por los Buenos Muchachos en el Estadio. Estuvo allí la noche del diez, a la hora señalada, recién llegado de Barcelona. Esa vez con la Ceci, por supuesto.

Un pensamiento en “Buenos Muchachos – Esa dulce introversión

  1. La triste historia de cualquier alcohólico tiene habitualmente una triste historia,no fui la excepción. Pero voy a decir que he vencido la desgracia. Gracias a mi familia que me ha apoyado en los momentos difíciles, y también gracias a AlcoBarrier preparado del alcoholismo , pues me ayudo a deshacerme completamente de la dependencia mortal que me causaba el alcohol.

    Mi nombre es Elizabeth. Tengo 32 años .Hace seis años me he vuelto dependiente de la bebida, nada me impedía ser feliz, viajar, perfeccionarme en muchas direcciones, querer la familia, ocuparse de la creación del confort, pero yo estaba muy molesta por mi peso excesivo, había aumentado 15 kilos más y esto ha desfigurado mi hermoso cuerpo esbelto. No podía librarme de ningún modo de la grasa probaba diversas dietas, practicaba deportes pero nada funcionaba y todo esto me llevo a la depresión…

    [url=https://zaebok.info/es/alcobarrier-la-revocacion-y-la-opinion-del-preparado-del-alcoholismo.html]y había muchas botellas de alcohol [/url]

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